Contrapunteo

América Latina cree en sus muertos

17 mar 2021
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El joven Gabriel García Márquez sentenciaba años atrás: «Lo que más me interesa del mito de Camilo es que es una demostración más, y una demostración muy triste, muy dolorosa, de que América Latina no cree sino en héroes muertos».

Así se refería a su amigo personal Camilo Torres Restrepo, personaje insigne dentro del Ejército de Liberación Nacional (ELN), el segundo grupo guerrillero más importante de Colombia.    

Camilo Torres nació en Bogotá el 3 de febrero de 1929. Sus padres, Calixto Torres Umaña y de Isabel Restrepo Gaviria, se divorciaron cuando él tenía ocho años.

A pesar de los sentimientos de su familia, decidió entrar al seminario para convertirse en cura, y para ello abandonó la carrera de Derecho en la Universidad Nacional.

Se formó como sociólogo en la Casa de Altos Estudios Católica de Lovaina, en Bélgica; luego cofundaría la facultad de Sociología en la Universidad Nacional en Bogotá, donde fue capellán. Además, funda el Movimiento Universitario de Promoción Comunal (MUNIPROC), y ejercita la acción social en localidades populares y obreras de Bogotá, como el barrio Tunjuelito.

Como capellán universitario, fue activo defensor de las reformas revolucionarias que introdujo el Concilio Vaticano II, entre ellas que el sacerdote actuara en la misa de frente al público, sin dar la espalda a su rebaño, o decir la misa en español, una vez consumado el abandono del latín, buscando una mayor participación de los católicos en sus rituales.

Pero el Arzobispo de Bogotá, recién investido como cardenal, Luis Concha Córdoba (1891-1975), al considerar excesivo el activismo del capellán Camilo Torres, le pide que renuncie a sus actividades en la Universidad Nacional, encomendándole, en 1962, la cura de almas en la Parroquia de Veracruz.

A su vínculo constante con la clase obrera, se suma la influencia que tuvo en Torres la Revolución Cubana.

Por otro lado, su relación con la vida religiosa se torna difícil, al punto de cortar vínculos con la Iglesia, decisión que nunca afectó la manera en que lo veían sus allegados y seguidores.

Estas circunstancias lo llevaron al momento clave de su vida, cuando decide unirse a las filas del Ejército de Liberación Nacional, cambiando así su nombre por el seudónimo de Argemiro y los hábitos por un revólver.

Lamentablemente, el 15 de febrero de 1966 el «cura guerrillero» fuese asesinado.

Fue, con pesar, que este acontecimiento se convirtió en un punto de inflexión dentro de la lucha del ELN. El sacrificio de un hombre respetado, amado y admirado como Torres llevó a muchos a seguir su ejemplo.

En un documental del realizador Francisco Norden, Gabriel García Márquez asegura: «En el momento en que Camilo se sacrificó por lo que estaba defendiendo, muchísima gente que no había creído en él, empezó a creer, como diciéndose: Ah, sí se hizo matar por eso, entonces decía la verdad, entonces tenía razón».

De acuerdo con el periodista Natalio Cosoy, muchos jóvenes católicos de la época, desde curas y monjas hasta seminaristas, se sumaron a las filas del ELN.

Su madre Isabel Restrepo declararía que: «Soy la única madre colombiana a la cual se le ha negado la entrega del cadáver de su propio hijo. Como cristiana y católica practicante, les recuerdo que cuando a Cristo lo crucificaron como “bandolero”, no le negaron a la Virgen María la gracia que a mí se me ha negado».  

A pesar de la incógnita del lugar exacto que guarda sus restos mortales, la vida del cura guerrillero se multiplica en cada colombiano, en cada colombiana que alza su voz contra las injusticias.

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