Contrapunteo

América Latina a prueba de votos en 2019

16 ene 2019
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En materia electoral en América Latina, 2019 inició con la asunción presidencial el 10 de enero de Nicolás Maduro para su segundo mandato de seis años (2019-2025), un mero acto formal por tratarse de una reelección, sin embargo, no exento de polémica por los numerosos cuestionamientos internacionales que tienen más frustración que sustento democrático.

Al igual que en 2018, en este año coinciden los números de procesos de carácter general o presidencial, 6 para ser exactos, pero de países más pequeños y de menos influencia regional si tenemos en cuenta que los pesos pesados, México y Brasil, ya se definieron en los pasados 12 meses, por cierto, ubicando a estos países en extremos políticos: la propuesta trasformadora y progresista de Andrés Manuel López Obrador, el Jefe de Estado que vende su avión de lujo, reabre la casa de gobierno al público, se rebaja el sueldo y pone en orden a empresa estatal más importante del país, PEMEX; frente a la gestión de Jair Bolsonaro, el que se retira del pacto de migración de la ONU, tampoco cree en el cambio climático, quiere bases estadounidenses en suelo brasileño, pretende dar licencias para matar y en las escuelas vestir a las niñas de rosado y a los varones de azul. En resumen, el más ferviente admirador-imitador de Donald Trump al sur del hemisferio occidental.

También el pasado año se definió el rumbo de Venezuela, comenzando, como les decía, en el primer mes de 2019 un nuevo período para el país que ha resultado el más mirado con lupa en el área pero que concluyó una maratón de comicios, donde el chavismo se impuso holgadamente y esto fue más fácil por la retirada malhumorada y castigadora, aunque sin efecto, de la oposición.

Otro de los más poblados y con fuerte incidencia en el resto de sus vecinos que determinó su rumbo en 2018, fue Colombia. Un estrenado Iván Duque que no ha traído demasiadas sorpresas; sus pasos hasta el momento han estado dentro de lo previsible cuando era candidato.

No por ello podemos soslayar los procesos electorales venideros. Tocará el turno, por orden a El Salvador, Panamá y Guatemala en el primer semestre de año, y en octubre, un mes de verdadera locura comicial pues está reservado para Uruguay, Argentina y Bolivia.

Si ponemos el foco de atención en la búsqueda del necesario balance de la correlación de fuerzas en el continente, los más trascendentales entonces resultarán El Salvador, Uruguay y Bolivia, ahora mismo con gobiernos más a la izquierda que al seguro la derecha buscará destronar, e igualmente significativo será Argentina que es otro grande económicamente hablando, aunque atraviese en este momento su peor crisis desde el corralito financiero.

En este sentido, el llamado pulgarcito de Centroamérica, El Salvador, donde domina el Frente Farabundo Martí, parece abocado a un cambio de gobierno, porque los partidos de derecha se han encargado de aumentar el desprestigio de este movimiento exguerrillero usando la misma carta que en otras naciones latinoamericanas: la corrupción de la élite gobernante, y abriéndole paso al fenómeno de los aspirantes con promesas de cambio desligados de la partidocracia tradicional.

Uruguay promete una campaña más tranquila, donde puede permanecer el liderazgo del izquierdista Frente Amplio, aunque aún sin candidato visible porque el actual jefe de estado, Tabaré Vázquez anunció su retiro de la política.

Bolivia acaparará mucho más revuelo mediático, porque Evo Morales se apresta a repetir mandato, ya despejó el camino legal para ello, y por supuesto que desde entonces comenzó la cruzada de críticas para buscar sacarlo de la carrera. Sin embargo, el presidente indígena ha resultado ser el mejor posicionado, el más estable y el de mayor cantidad de logros tangibles, de todo el auge progresista de la llamada década ganada de principios de siglo. Pero para cuando se avecinen los comicios, no se descartan nuevas jugarretas de sus detractores para enturbiar su triunfo, teniendo en cuenta que en anteriores elecciones se ha impuesto por amplio margen, sin contrincante que le haga sombra. Ya en el pasado le inventaron un hijo y una turbia relación amorosa, la pregunta es ¿qué será lo próximo? ¿Por dónde vendrán los tiros?

Panamá y Guatemala deparan escenarios más tradicionales, contradictoriamente en medio de situaciones más inciertas. Y es que allí todavía hay deudas con el sistema electoral en sí, baste decir que en el segundo se mantiene una crisis política profunda desde la decisión del actual mandatario, Jimmy Morales, de expulsar de su territorio a la Comisión Internacional contra la Impunidad, CICIG, una entidad que pertenece a Naciones Unidas. Otra vez detrás de todo el escándalo vuelve a estar el manejo sucio de la política, los dividendos sumamente lucrativos que sacan estos personajes públicos con el abuso de poder y, una vez descubiertos, pretenden esconder la podredumbre de casa bajo la alfombra de la entrada.

Además de cercanía geográfica, estas dos naciones de Centroamérica comparten los desafíos de la migración, la violencia, el narcotráfico y el mayor de todos: la corrupción, tanto así que Panamá tiene a un expresidente tras las rejas, Ricardo Martinelli, quien ha deslizado la idea de presentarse a los comicios del 19 ahora como fórmula vicepresidencial de uno de los candidatos, y sin embargo, tal posibilidad no levanta tanta algarabía como sí fue el caso del Luis Ignacio Lula Da Silva en Brasil, a quién le cerraron todas las puertas.

Para el final, Argentina que tendrá un pulso fuerte entre un Mauricio Macri que aspira a prorrogarse en la Casa Rosada y su rival Cristina Fernández en medio de acusaciones y juicios para sacarla de la contienda. Lo cierto es que las fuerzas en suelo austral están bastante fragmentadas tornando incierto en este minuto el futuro.

Así las cosas para una América Latina que busca enrumbarse y redefinirse, en medio del giro de timón a la derecha de los últimos tiempos, un vuelco bien diseñado por fuerzas mejor organizadas y centradas en su objetivo de dominación que la izquierda tan dispersa y radical a veces que se deja dividir fácilmente. Un escenario que pone en seria duda la supervivencia a largo plazo de los proyectos alternativos o progresistas en esta región.

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