Tipo de documento: Capítulo de libro
Autor:
Título del libro: La revolución negra
Editorial: Ocean Sur
Lugar de publicación: México
Año de publicación: 2009
Páginas: 81-91


La guerra de independencia

El ejército de Napoleón Bonaparte

El 14 de diciembre de 1801, Bonaparte envió una expedición de veinte mil hombres a Saint-Domingue, al mando de su cuñado, el general Victor Emmanuel Leclerc (1772-1802). En la expedición viajaban también Pauline Bonaparte y varios de los antiguos jefes mulatos: Rigaud, Villate, Pétion y Jean-Pierre Boyer (1776-1850) que se habían exiliado en Francia.

Las instrucciones secretas que Leclerc había recibido de Bonaparte estipulaban que en un primer período se harían a Toussaint las más amables promesas y se confirmaría en sus grados a todos los oficiales negros. Luego se perseguiría a muerte a todos los rebeldes, conservando en sus rangos a los oficiales si fuera necesario. En una tercera etapa se embarcaría a todos los generales, Toussaint, Dessalines, etcétera, a Francia, donde serían encarcelados.

Sin embargo, el avance de la contrarrevolución en Francia demostraba que cualquier expedición francesa tendría por objetivo el restablecimiento de la esclavitud. Por ende, Toussaint y el pueblo se preparaban para la inevitable guerra.

Para demostrar que no tenía otro interés más que defender la libertad del pueblo, el gobernador Louverture compró treinta mil rifles a los Estados Unidos y con ellos armó a los trabajadores que no formaban parte del ejército. Preparándose para las próximas batallas, Toussaint y sus generales ocultaron depósitos de armamentos y municiones en el interior del territorio, y comenzaron a reclutar soldados y darles instrucción militar.

Fue nuevamente la posibilidad de perder la libertad lo que volvió a unificar a todos los grupos, más allá de sus disputas, en su lucha contra la opresión.

El 29 de enero de 1802, la mitad de la flota del general Leclerc arribó a una de las bahías de la parte este de la isla, el resto lo haría unos días después a Le Cap-Français. La guerra llegaba al final.

Las noticias del restablecimiento de la esclavitud por los franceses en Martinica y en Guadalupe enfurecieron a los negros, motivando una mayor y tenaz resistencia.

El general Leclerc tomó posesión de las costas y atacó las principales ciudades; algunos pobladores, funcionarios civiles, mulatos y negros que habían sido libres antes de la revolución, salieron a recibir alegremente a estos franceses que venían a «restablecer el orden».

Primeros combates y victorias francesas

La táctica de Toussaint consistía en eludir toda batalla campal, quemando el suelo bajo las propias plantas del enemigo para atraerlo al terreno donde tuvieran más dificultades.

En Le Cap, el general Henry Christophe, tras recibir los informes sobre la caída de Fort Liberté, se dirigió a la población para que evacuase la ciudad. Hombres, mujeres y niños marcharon penosamente hacia las montañas. Luego del éxodo, Christophe y su tropa incendiaron la ciudad y se retiraron también, dejando solo ruinas. Cuando el general Leclerc desembarcó, solo encontró brasas y cenizas.

Sin embargo, la presencia de ex jefes militares mulatos y la imponente magnitud de los ejércitos franceses generaron confusiones y deslealtades entre algunos oficiales revolucionarios.

Tras encarnizados combates, y una feroz resistencia del general Maurepas, los franceses lograron tomar la capital, Port Répu­blicain, con todos los suministros intactos, incluyendo el tesoro público, por valor de dos millones y medio de francos.

El Santo Domingo español, que era defendido por las tropas al mando de Paul Louverture también cayó bajo dominio francés luego de que varios de los jefes cambiaran de bando.

En la costa norte, Dessalines era el único que había logrado garantizar su posición, siendo Saint-Marc la única ciudad que permanecía en manos de los ejércitos revolucionarios. El resto del litoral había caído. Buena parte del ejército se retiraba a las montañas para consolidar posiciones.

Toussaint, se preparaba y alistaba a los ejércitos para resistir. En una carta enviada a Dessalines daba las siguientes instrucciones para desgastar al enemigo:

No olvides, mientras aguardamos la estación de las lluvias que nos librará de nuestros enemigos, que no tenemos más recursos que la destrucción y el fuego. Recuerda que el suelo regado por nuestro sudor no debe proporcionar sustento alguno a nuestros enemigos. Rompe a cañonazos los caminos; arroja todos los cadáveres de hombres y caballos a las fuentes [de agua], quémalo y arrásalo todo a tu paso para que los que han venido a esclavizarnos tengan delante de sus ojos la imagen del infierno que merecen (James, 2001: 278).

Con la mitad de su ejército perdido, Toussaint se retiró lentamente hacia las montañas. Había ocultado municiones en puntos estratégicos, para realizar ataques sorpresivos a las vanguardias de Leclerc hasta que llegara la estación de las lluvias, cuando los franceses seguramente caerían víctimas de la fiebre tropical.

Dessalines, mientras tanto, recorría la isla de punta a punta para intentar controlar el avance de los franceses. Mantuvo valientes e implacables batallas para defender Saint-Marc. Antes de ser finalmente derrotado, incendió también esa ciudad y se marchó en retirada, pero ya con la firme convicción de que la única opción para lograr la victoria era declarar definitivamente la independencia y expulsar a los franceses.

A pesar de varias derrotas, Toussaint, Christophe, Maurepas y Dessalines habían logrado mantener intacto el nudo interno de sus comunicaciones y podían intercambiar información. El ejército leal había combatido demostrando energía y capacidad. La lucha por la libertad y la igualdad proveía a este ejército revolucionario de una fuerza moral que les permitiría vencer a una fuerza muy superior en número.

La independencia como programa

Toussaint diseñó entonces una nueva estrategia. Intentaría lanzar una ofensiva contra Leclerc en el norte, mientras Dessalines mantenía la defensa de la fortaleza de Crête-à-Pierrot. Allí, luego de abatir al ejército francés, se dirigió a sus hombres y planteó por primera vez de manera explícita la necesidad de lograr la independencia. Según el historiador haitiano Paul Sannon, Dessalines alentó a su ejército diciendo:

Tened valor, os lo repito, tened valor. Los franceses no podrán resistir mucho más tiempo en Santo Domingo. Lucharán bien al principio, pero pronto enfermarán, morirán como moscas. ¡Escuchad! Si Dessalines se rinde a ellos cien veces, cien veces lo engañarán. Repito, tened valor, y veréis que cuando su número mengüe los hostigaremos, los derrotaremos, incendiaremos las cosechas y huiremos a las montañas. No podrán dominar al país y tendrán que marcharse. Entonces os haré independientes. No habrá más blancos entre nosotros.

La fuerza moral de las tropas de Dessalines se multiplicaba. Cuando Leclerc avanzó sobre Crête-à-Pierrot sus tropas fueron atacadas y ochocientos franceses cayeron en un solo día. El propio Leclerc fue herido. A pesar de ser sitiadas por un ejército de doce mil franceses, las tropas de Dessalines no se rendían y para demostrarlo izaron banderas rojas en las esquinas de la fortaleza. Sin embargo, luego de varios días de asedio, Dessalines se vio obligado a ordenar la evacuación de la fortaleza, lo que logró sin demasiadas bajas. Sus tropas escaparon hacia las montañas de nuevo para reagruparse.

Mientras tanto, Toussaint viajaba hacia el norte para recuperar la llanura.

Además, muchos se iban sumando a los ejércitos regulares, al mando de Toussaint o Dessalines. Los trabajadores del campo, por su parte, atacaban sorpresivamente a las tropas francesas en los caminos, apoyando las acciones de Toussaint con acciones guerrilleras. Aparecían y desparecían desconcertando al ejército invasor, atacaban las columnas francesas, tendían trampas, arrojaban enormes piedras desde las montañas y lanzaban a los ejércitos franceses a los precipicios.

Christophe también iba obteniendo algunas victorias, y esto alentaba cada vez más la deserción en las filas francesas.

La tragedia de Toussaint Louverture

Durante febrero y marzo llegaron las lluvias, y con ellas, la fiebre amarilla. En ocho semanas, de los diecisiete mil veteranos franceses que desembarcaron en Saint-Domingue, cinco mil habían sido hospitalizados y otros cinco mil habían muerto.

Este difícil momento quedó reflejado en las cartas que Leclerc le enviaba a Napoleón. En abril de 1802 manifestaba:

Varias veces he intentado que Toussaint y todos sus generales se rindiesen […]. Pero aunque lo lograse, Ministro Ciudadano [Bonaparte], no podría adoptar las rigurosas medidas necesarias para garantizar a Francia la posesión indiscutible de Saint-Domingue si no tengo a mi disposición veinticinco mil hombres armados.

Le he indicado, Ministro Ciudadano, las dificultades de la situación en que me encuentro. No le será difícil entender lo que ocurriría si estallase la guerra con los ingleses. Sería una plaga en nuestras costas. No dejarían de aprovechar la oportunidad de bloquear mis comunicaciones por vía marítima y de atacar y cercar el Môle. Suministrarían ayuda a los rebeldes, que, a su vez, cobrarían nuevo ímpetu e intentarían abandonar su actual actitud defensiva para pasar de nuevo a la ofensiva (James, 2001: 300).

En esta situación y cuando el ejército popular negro estaba por lanzar la ofensiva, el general Leclerc propuso un acuerdo. Abrumado por la catástrofe que significaba la guerra, Toussaint cometió el trágico error de negociar. Envió para ello al general Christophe, quien en un confuso episodio terminó rindiéndose, con sus mil doscientos soldados, al ejército francés.

Luego de varias negociaciones, Toussaint aceptó la rendición con tres condiciones: libertad incondicional para todos los habitantes de Saint-Domingue, conservación de sus grados y funciones para todos los oficiales nativos, y permiso para retener a sus empleados y retirarse al lugar que quisiera, dentro del territorio de la colonia.

Luego de acordados estos términos, el propio Toussaint convenció a Dessalines y los demás jefes de que depusieran las armas.

A los pocos días, Toussaint se dirigió a Le Cap para entrevistarse con Leclerc. Luego de aceptar la palabra de Leclerc sobre la continuidad del ejército negro, se retiró al campo, para continuar trabajando en las plantaciones con su familia.

Tiempo después, también Dessalines llegó a Le Cap con sus tropas y se puso al servicio de Leclerc.

Arresto, deportación y muerte de Toussaint

Como cualquier régimen que pretende oprimir y explotar a la población, el gobierno de Leclerc no podía permitir que los trabajadores permanecieran armados. Era necesario desarmar al pueblo para frenar cualquier posibilidad de insurrección victoriosa y eso significaba desarticular el ejército popular negro, empezando por Toussaint.

En junio de 1802, Leclerc le tendió una trampa a Toussaint. Tras convocarlo a Le Cap con una propuesta de buenas intenciones, lo hizo prisionero y lo acusó de traición. Fueron también arrestados su esposa, su hijo y su sobrina. Mientras eran sometidos a todo tipo de vejaciones, allanaron su casa, robaron su dinero y destruyeron sus plantaciones. Luego fueron todos conducidos a un barco.

Toussaint Louverture fue deportado a Francia y encarcelado en la prisión de Fort-de-Joux, en las montañas del Jura, a unos mil metros de altura, donde moriría de hambre y frío, después de ser maltratado y humillado, el 7 de abril de 1803.

Con las noticias del arresto de Toussaint, comenzó en algunos lugares una masiva sublevación. Sin embargo, Maurepas, Dessalines, Christophe y sus oficiales siguieron en sus puestos, mientras se mostraban fieles a Leclerc recababan información y esperaban el momento oportuno para reemprender la lucha. Era preciso reorganizarse, reagrupar fuerzas y preparar un ataque que resultara certero. Era necesario esperar a que las condiciones fueran propicias, no podían perder esta ocasión.

En julio, mientras las tropas francesas morían por millares y los líderes negros aguardaban su hora, las masas de ex esclavos encabezaban revueltas en todo el territorio. Dirigentes locales del norte, del sur y del oeste alentaban a los trabajadores a rebelarse, negándose a entregar las armas a las autoridades blancas. Como les había advertido el jacobino Sonthonax, conservar las armas era la única esperanza de conservar la libertad.

Contrarrevolución

En una contraofensiva aplastante, los representantes de la burguesía francesa votaban en el Parlamento de París el reestablecimiento de la esclavitud en Martinica y otras islas del Caribe. Además, aprobaban el restablecimiento del comercio de esclavos de los viejos tiempos.

Lógicamente, las noticias del restablecimiento de la esclavitud en la cercana isla de Guadalupe hicieron progresar la insurrección en Saint-Domingue. Bajo las órdenes de nuevos dirigentes, las masas volvían a sus conocidas tácticas de guerrilla, y atacaban al ahora enfermo y menguado ejército francés.

Por otro lado, si bien Dessalines y el mulato Pétion habían acordado que se sublevarían y estaban organizándose, algunos oficiales, fieles a la república que les había otorgado la libertad, continuaban reprimiendo con sus ejércitos los levantamientos de los trabajadores.

Un tribunal militar enteramente negro, por ejemplo, juzgó y condenó a muerte a dos importantes dirigentes populares: Charles Belair y su esposa fueron fusilados por sus antiguos líderes.

En agosto de 1802, Leclerc cuestionaba las directivas de Bona­parte y describía la situación diciendo:

Tengo la impresión, basada en las órdenes que me imparte, de que no conoce claramente la posición en que me encuentro. Me ordena que envíe a los generales negros a Europa. Sería muy sencillo arrestarlos a todos en el mismo día; pero me sirvo de estos generales para sofocar unas revueltas que no cesan […].

Acabo de destapar una vasta conspiración cuyo objeto era sublevar a toda la colonia hacia finales de Thermidor. Solo se ejecutó parcialmente por carecer de un líder. No es suficiente con librarse de Toussaint, hay dos mil Toussaint de los que habría que librarse (James, 2001: 318).

Para entonces, de los treinta y cuatro mil soldados que habían ido llegando en total, veinticuatro mil habían muerto, ocho mil estaban hospitalizados y el resto se encontraba exhausto. El propio Leclerc estaba gravemente enfermo y falleció tiempo después.

Muerto Leclerc, su sucesor, el vizconde de Rochambeau (1750-1813), con unos diez mil soldados recibidos como refuerzo, continuó intentando sostener el dominio francés a través de una cada vez más sistemática, sanguinaria y feroz política represiva. Era ya, para Francia, una guerra de exterminio en la que se buscaba imponer terror a todos los que intentaran luchar por su libertad.

Como hicieron y hacen en otros lugares del mundo para mantener su dominio colonial, los franceses ahorcaron, ahogaron, torturaron, fusilaron, quemaron y enterraron vivos a miles de negros.

En una ocasión, siguiendo las órdenes de Rochambeau, mil negros fueron ahogados al mismo tiempo en las costas de Le Cap como demostración de lo que eran capaces de hacer contra los rebeldes. Además, siguiendo el ejemplo de los ingleses en Jamaica y de los españoles en Cuba, también Rochambeau hizo llevar a Saint-Domingue mil quinientos perros salvajes que fueron entrenados para «cazar negros» en las montañas.

Lejos de intimidarse, el pueblo se levantó en armas con un profundo odio hacia los blancos y hacia Francia y con una enorme determinación. La República de Francia que les había otorgado la libertad estaba muerta. Nadie tenía dudas ya de que la independencia era indispensable.

Libertad o muerte

Había llegado el momento de comenzar el masivo y contundente contraataque. Siguiendo el ejemplo de Belair, el mulato Alexandre Pétion se levantó en armas en el sur. Los franceses también se habían dedicado a masacrar a los mulatos y sus familias, apropiándose además de sus riquezas. Por ello, los líderes mulatos se alinearon esta vez con los negros y, bajo su dirección, atacaron a los franceses.

Dessalines, que se había preparado al guardar armas y municiones en el oeste, se dirigió a Petit-Rivière, e inició también allí la insurrección. Dos días más tarde, se sumó Christophe.

Habiendo logrado la unidad de negros y mulatos, los ex esclavos Christophe y Dessalines tomaron la dirección de la lucha por la independencia y se dispusieron a terminar con los restos del ejército francés. A diferencia de Toussaint, Dessalines se dispuso a devolver golpe por golpe.

Miles de trabajadores negros y de pequeños y medianos propietarios mulatos se alzaron, incorporándose activamente a la lucha antiesclavista que ahora se convertía en una guerra cuya meta era expulsar definitivamente a los franceses. Era ahora una revolución por la independencia, porque sin ella no había libertad posible.

Jean-Jacques Dessalines, líder indiscutido del movimiento, recorrió la isla para organizar las milicias populares y se puso al frente del ejército.

En un acto de profundo significado simbólico y político, Dessalines convocó a un congreso en Arcahaye, donde reemplazó la bandera francesa con sus iniciales RF (République Française) por otra azul y roja con el lema «Libertad o muerte».

Era una guerra popular en la que, además de las tropas regulares, negros y mulatos civiles realizaban conjuntamente operaciones guerrilleras en las zonas montañosas, en los campos y las ciudades. Incluso atacaban a los barcos con pequeñas y ligeras embarcaciones que habían construido especialmente para esas operaciones. El conjunto del pueblo estaba unido en defensa de su libertad.

La guerra en Europa volvió a influir en el desarrollo de la lucha en Saint-Domingue. Inglaterra estaba nuevamente en guerra con Francia y bloqueaba las comunicaciones de Rochambeau y su posibilidad de recibir refuerzos.

Al mismo tiempo, los ingleses, interesados en lograr el control de la producción y el comercio de Saint-Domingue, permitieron que los norteamericanos vendieran armas y municiones a los rebeldes. Dessalines, sin embargo, no confió esta vez en ninguna de las promesas de estas potencias imperialistas, y pagó en efectivo todo lo que compró.

El 16 de noviembre, las tropas revolucionarias lanzaron el ataque final sobre Le Cap-Français y Rochambeau no tuvo otra opción más que ordenar al ejército francés la evacuación de la isla.

De esta forma, el 31 de diciembre de 1803, en Gonaïves, en una reunión con todos los oficiales del ejército popular, Dessalines y Christophe dieron a conocer la Declaración de Independencia. Subrayando la ruptura con Francia y recuperando el pasado indígena del territorio, los revolucionarios nombraron Haití a la nueva república.

Tras trece años de lucha, el 1ro. de enero de 1804 fue proclamada la primera república independiente de Latinoamérica.