El problema de la dependencia y la soberanía en la historia latinoamericana

Augusto C. Sandino, líder de la resistencia nicaragüense contra el ejército de ocupación estadounidense en Nicaragua en la primera mitad del siglo XX

El problema de la dependencia y la soberanía en la historia latinoamericana

25.10.2012


1.- Conquista Europea y Dependencia

La conquista de América desarrollada por los europeos, en el contexto de sus contradicciones, confrontaciones y de sus diferencias estructurales, fue el punto de partida indiscutible para que nuestra región fuese víctima de los escarnios que provocó la asimetría Dependencia-Soberanía.

La conquista sobre América no se produjo como un hecho expansionista asumido colectivamente o de mutuo acuerdo por los europeos, ni significó, en cuanto a sus consecuencias, un proceso de repercusiones idénticas en la región. Por el contrario, las características supraestructurales de los países conquistadores se fueron expresando en las zonas invadidas y los niveles de diferenciación de estas regiones, respondieron, a su vez, a las condiciones particulares de los países colonizadores, así como a las confrontaciones que ellos, en Europa, mantenían a propósito de la lucha por la hegemonía en el viejo continente y, desde luego, por la búsqueda de ventajas, de toda naturaleza, vinculadas a la conquista y colonización en América.

Así la dominación hispano-portuguesa que se produjo sobre Sudamérica ―conquista acompañada de intensas rivalidades entre las dos metrópolis― impuso una huella impregnada por la Edad Media, a diferencia de lo que sucedió hacia el norte del continente americano donde ocurrió la colonización inicialmente de los franceses y luego de los ingleses ―también confrontados entre sí no solo por la guerra de sus reinos en Europa sino por factores propios de la conquista― quienes junto a los Holandeses, que llegaron también a América, formaron parte de un proceso diferente respecto a España y Portugal debido a su diverso desarrollo estructural en el que prevalecía la actividad comercial.

De esta manera, en plena época colonial, en el norte del continente americano existió una especie de soporte para el progreso económico y social, mientras en la parte sur hubo estructuras e instituciones verticales, jerárquicas y dogmáticas que obstaculizaron eventuales procesos de cambio y de progreso.

En todo caso estos factores históricos señalados, no son los únicos que explican los niveles de diferencia entre las regiones norte y sur del continente, pues adicionalmente a estas determinantes estructurales, la configuración diversa del mestizaje forma parte de las asimetrías referidas, como constituye elemento de distorsión el desarrollo del proyecto imperial anglo-americano y, sobretodo, la construcción de proyectos de poder disímiles en Europa que influenciaron en las colonias.

El señalamiento de la conquista Europea en nuestra región es el antecedente para establecer algunos criterios sobre los llamados procesos de independencia, tanto más que fue un primer intento para edificar la soberanía a propósito de la voluntad histórica por anular las colonias, denominador común que evidenció, entre otras cosas, el hecho de que las metrópolis dominantes vulneraban los derechos y aspiraciones de los criollos.

La falta de participación de estos mismos grupos económicos y sociales en la vida política de sus países fue un factor resorte fundamental para que se produjeran los descontentos y se iniciaran los procesos independentistas, realidad esta que no puede ser pospuesta a la hora de analizar los factores inherentes a las luchas por la independencia.

La lucha emancipadora Latinoamericana entre 1808 y 1825, que estuvo precedida por la liberación de las trece colonias inglesas en 1776 en Norteamérica[1] y que, luego, en 1783 condujo a que Inglaterra reconociera la independencia de EEUU ―asunto importante en el momento de entender los intereses expansionistas de aquellos― fue un proceso atravesado por diferentes factores, tal cual lo señala el historiador cubano Sergio Guerra cuando afirma: “las revoluciones independentistas se organizaron y llevaron adelante en condiciones políticas y económicas muy diversas y adquirieron rasgos singulares, porque respondían a diferentes escenarios socio-económicos”[2].

En el caso de Latinoamérica el proceso de independencia debe enmarcarse en la historia general de la época de la Revolución Francesa, de Napoleón y de la Restauración, al mismo tiempo que debe ser mirada en el entorno de la pugna de los imperios europeos por la posesión de factorías y mercados ultramarinos que coadyuvó para el descontento de las aristocracias de Latinoamérica ante la dominación colonial española y portuguesa.

De esta manera se puede afirmar que las luchas independentistas formaron parte de una acción por construir los caminos de la soberanía, a pesar de que los beneficiarios de tal proceso fueran comerciantes, hacendados criollos o, como en el caso norteamericano, los colonos.

2.- La independencia, y los caminos de la nueva dependencia

Respecto de estos procesos emancipadores es imperativo referirme al norteamericano por sus implicaciones posteriores y porque su propia independencia forma parte, a contrapelo, del desarrollo de un proyecto hegemónico en la región.

En efecto, el tratado de París de 1783 por el cual los colonos norteamericanos lograron su independencia frente a los ingleses, abrió disputas con España. Esta metrópoli europea trató que en París se fijase el límite occidental de los EEUU en los Montes Apalaches. Pero al fracasar esta propuesta se adoptó una frontera común al norte de la Florida y a todo lo largo del Mississippi, que habría de provocar, entre 1810 y 1813, que España fuese arrojada de todas sus posiciones en Luisiana y La Florida[3] y que varias décadas posteriores, en 1848, los norteamericanos arrebataran a lo que entonces ya constituía territorio mexicano, alrededor de dos millones y medio de kilómetros cuadrados.

Puedo afirmar, retomando los hechos cronológicos, que el expansionismo norteamericano ya estuvo presto a dirigirse al sur, en el rumbo previsto por el tercer presidente de los Estados Unidos, Tomas Jefferson (1801-1809) quien en 1805 comunicó a Inglaterra que si Estados Unidos entraba en guerra con España por la posesión de la Florida Occidental, invadirían Cuba porque esta Isla era fundamental como defensa militar de Luisiana y de La Florida.

La idea de Jefferson de anexionar a Cuba a los EEUU comenzó, entonces, a tomar forma y contenido. De allí que su gobierno encargó al General Wilkinson la tarea de promover en la Isla acciones a fin de que los cubanos propiciaran la anexión. Fueron las protestas de Gran Bretaña las que impidieron la gestión del enviado del Presidente norteamericano[4].

Vale señalar, en este punto, que fue en el periodo del quinto presidente de los Estados Unidos, James Monroe, 1817-1825, el momento que se marcó el expansionismo norteamericano luego de la configuración de lo que se conoce como la “Doctrina Monroe”, la misma que asumió paulatinamente eficacia no solo como doctrina sino como estrategia, debido a otro factor: luego de las luchas contra las metrópolis, el antiguo imperio español de ultramar se dividió ―circunstancia distinta a la ocurrida en Brasil que logró preservar su integridad territorial― fraccionamiento que propició, como, lo afirma Sergio Guerra “la formación de varias repúblicas desvinculadas entre sí, facilitando un proceso recolonizador que no tardó en convertirlas en simples apéndices de los centros del capitalismo mundial”[5], inicialmente de Europa y luego de los propios Estados Unidos.

En efecto, la época comprendida entre 1853 y 1883 corresponde, en escala mundial al periodo de la segunda revolución industrial y la formación del capitalismo financiero, precursor del imperialismo. En América Latina, la época se caracterizó por la penetración del capital europeo y por los grandes conflictos provocados en parte por la presencia de las inversiones extranjeras y por las rivalidades entre las potencias externas.

En ese mismo periodo, en Estados Unidos la sociedad burguesa e industrial del Norte derrotó a la sociedad aristocrática y agraria del sur, con lo cual Norteamérica entró en una etapa de rápido desarrollo capitalista y vino a ocupar un espacio entre las potencias industrializadas.

Durante el lapso en referencia Sudamérica fue teatro de conflictos en los cuales participó indirectamente el imperialismo financiero europeo. En la guerra de la Triple Alianza, 1866, Argentina, Brasil y Uruguay arremetieron contra el Paraguay nacionalista y, después de someterlo a una tremenda masacre, lo obligaron a abrir sus puertas a los intereses comerciales y financieros foráneos.

Del mismo modo, en la Segunda Guerra del Pacífico, 1879, la República de Chile apoyada por los intereses ingleses derrotó a Bolivia y Perú, países cuyas burguesías nacionales habían adoptado posiciones de rechazo a la irrestricta penetración del capital europeo.

Europa, de esta manera, o mejor dicho sus capitales y el nuevo sistema estructural en ciernes, volvían a someter la soberanía de algunos estados de nuestra región. La dependencia al sistema capitalista se volvía una realidad lacerante, en un contexto que, además, significó el desarrollo imperial de los Estados Unidos, cuya relación con Latinoamérica estaba atravesada por la necesidad de resolver su crisis de acumulación abriendo mercados en la región y, además, tomando posesión de territorios que le favorecerían para sus proyectos económicos comerciales y, actuando sobre la soberanía de los países para organizar una red de sometimiento que le permitiese articular sus intereses geopolíticos y geoeconómicos.

Hacia finales del siglo XlX, por lo afirmado, la política de norteamericana fue de expansionismo abierto. Su intromisión en la guerra Hispano-Cubana, en 1898, cuando Cuba estaba a punto de alcanzar su independencia frente a la metrópoli española, no pudo ser más dramática en esta línea de violentar la soberanía. Y fue tanta la perversidad que no solo impidieron la independencia Cubana, sino que sometieron a Puerto Rico, Filipinas y se hicieron de las islas Guam ―es decir las últimas colonias todavía en posesión de España― a propósito de la voladura, el 15 de febrero de 1898, del acorazado norteamericano Maine en la Bahía de la Habana, que provocó la muerte de 226 tripulantes estadounidenses[6].

A partir de la circunstancia histórica, Estado Unidos inició un proceso de agresiones que significó, por ejemplo, la desmembración de Colombia en 1903, y la creación de la República Panameña, cuyo objetivo fue dotarse de un espacio geográfico que permitiera a los norteamericanos construir el Canal de Panamá que entró en funcionamiento en 1914.

Una avalancha de intervenciones norteamericanas ocurridas en todo este periodo marcó la etapa de afectación a la soberanía de los pueblos Latinoamericanos. El Caribe y Centro América fueron zonas de impacto inicial de estas políticas.

3.- La resistencia al Imperialismo y la lucha por la soberanía

A contrapelo de las circunstancias esbozadas y debido a que las opresiones nacionales y sociales despertaron la constitución de fuerzas rebeldes en contra de los opresores ―los capitales ingleses y norteamericanos―  fueron constituyéndose en Latinoamérica, entre 1900 y 1920 acciones de resistencia a la presencia del imperialismo enmarcadas en posturas nacionalistas de defensa de la soberanía.

Así aparecieron los partidos radicales en Chile, Argentina y Uruguay, hacia finales del siglo XlX y en los albores del siglo XX, como fueron constituyéndose, en algunos de estos países y en otras regiones de Latinoamérica, corrientes de pensamiento marxista.

La lucha reformista iniciada en México, en 1910, no dejó de formar parte de este contexto de confrontación con el modelo de privilegios que había propiciado el capitalismo.

Con los acontecimientos de la primera guerra mundial, la hegemonía económica de Estados Unidos sobre América Latina fue completa.

En América Central y Panamá continuaron las intervenciones norteamericanas. Caso similar ocurrió con República Dominicana. En otros lugares, como en Venezuela, en el periodo 1908-1935 (en el gobierno del dictador Juan Vicente Gómez) mantuvo inmejorables relaciones en tanto la dictadura, a la cual auspició, le fuese funcional a los interese económicos y políticos. Igual circunstancia ocurrió con el régimen cubano de Gerardo Machado (1924-1933) articulado para atender los intereses inversionistas norteamericanos.

No obstante en estas mismas décadas fueron surgiendo posturas de clara lucha antiimperialista. Nicaragua y El Salvador, junto a sus líderes Sandino y Farabundo Martí, confirman este aserto. Desde luego la influencia de la revolución Rusa y de la misma revolución mexicana, formaron parte de los nuevos escenarios de contrapeso contra el imperio norteamericano.

Por ello, como ya inferí en líneas precedentes, la década de los años veinte en Latinoamérica fue la etapa de la fundación de los partidos comunistas y socialistas. Surgió allí lo que se denomina el pensamiento crítico, sustentado en las categorías del marxismo y con una clara determinación de cambios estructurales, que paulatinamente iría construyendo la argumentación indispensable para promover las transformaciones de la región conforme sus propias características.

4.- El Imperio, la crisis de 1929, las guerras mundiales y su nueva mascara para imponer la dependencia.

Luego de la crisis de 1929 que afectó al imperialismo norteamericano, su política exterior procuró modificarla y por ello articuló lo que se conoce como la “política del buen vecino”, lo cual ocurrió por el debilitamiento del sector capitalista dentro de los Estado Unidos. Vino entonces una gestión norteamericana más reposada en la región, lo cual en la segunda guerra mundial le permitió una cruzada conjunta de los países del hemisferio ―con excepción de Argentina―  contra las potencias fascistas.

No cabe duda que la crisis del 29, también marcó al interior del sistema norteamericano un punto de inflexión debido al surgimiento a su interior de fuerzas populares, asunto que le significó al país del norte el que atendiera su casa, sin descuidar el patio trasero, enmascarando en una conducta menos agresiva, su interés de sometimiento a la región.

En esos mismos años, algunos países latinoamericanos, debido a los conflictos de la guerra, obtuvieron un efecto estimulante en su desarrollo económico ―en el de sus burguesías locales― pues fueron proveedores para el mercado norteamericano, periodo en el cual, de otra parte, en Latinoamérica se produjo un ascenso de las fuerzas populares, que habían emergido para confrontar al fascismo y quienes junto a un creciente aparecimiento de sectores obreros, como producto del desarrollo del capital, se constituyeron en fuerzas de contrapeso, adhiriendo a posturas de cambio en nuestros países, lo cual favoreció, por ejemplo, que en Bolivia, en 1952, surgiera un proceso transformador de honda significación, a contrapelo del tutelaje inmovilizador en el resto de países.

Terminada la confrontación mundial, habría de llegar la guerra fría. Desde entonces aparecieron las presiones “anticomunistas” en medio de un viraje conservador extremo en Estados Unidos, que concibió el control de Latinoamérica mediante regímenes de fuerza que inmovilizaron a nuestros pueblos o que, como en Bolivia, transformaron el proceso revolucionario en uno reformista gracias a la participación de aquellos.

Los caudillos nacionalistas de Brasil o Argentina, que habían manifestado su independencia frente a los dictados “del mundo libre” cayeron estrepitosamente entre 1954 y 1955. Para 1957 el hemisferio se hallaba mayoritariamente dominado por las fuerzas del conformismo occidental y la represión antipopular.

5.- El triunfo de la Revolución Cubana: una impronta que favoreció la lucha por la soberanía.

El triunfo de la Revolución cubana a finales de los años cincuenta del siglo anterior produjo un sacudón en la historia de la región. No solo porque emergió como un proceso de plena soberanía y autodeterminación ―además pulverizando las teorías del fatalismo geográfico― sino que por su carácter antiimperialista generó un contrapeso de enormes consecuencias en Latinoamérica.

El triunfo de la revolución cubana actuó en doble carril: de una parte se constituyó en el referente de los sectores de izquierda, patrióticos y nacionalistas de Latinoamérica que consideraron que era posible construir un proyecto de similar naturaleza y que para tal efecto articularon sus luchas en el contexto de un proceso que afianzó la praxis política en defensa de la soberanía. De otro lado, el Imperio asimiló el proceso cubano como un fenómeno que no podía expandirse en la región y, en tal contexto, articulo, desde mediados de los años sesenta y a los largo de la década de los setenta, los mecanismos necesarios para preservar sus objetivos favoreciendo la presencia de regímenes militares, especialmente en el cono sur, encargados de aniquilar a cualquier fuerza contestataria al sistema.

Si bien la revolución no se podía exportar, asunto que ciertos sectores de la izquierda y aún de la contrainsurgencia lo ignoraron, no es menos verdad que en el marco de la confrontación ideológica la lucha por la soberanía y el combate al antiimperialismo se fortalecieron. En este contexto se ha de comprender la presencia de gobiernos militares nacionalistas ―en Perú y en Ecuador[7]―, el triunfo electoral de Allende en Chile, la lucha de Panamá por recuperar el Canal, el desarrollo de las luchas en Centroamérica, particularmente en Nicaragua que permitió el triunfo de la Revolución Sandinista; estas mismas acciones por la soberanía de los pueblos trajo consigo respuestas represivas de carácter continental, como el derrocamiento de Allende, la sustitución de Rodríguez Lara en Ecuador, la implementación del Plan Cóndor en la parte Sur del Continente, la instauración de acciones contra el Sandinismo, la desaparición física de Torrijos y de Roldós, en accidentes no esclarecidos hasta ahora, todo ello entre otras cosas.

A partir del triunfo de la Revolución cubana se abrió, pues, un periodo de agitación social y popular para articular proyectos emancipadores en la región que, adicionalmente, buscaron estructurar un nuevo orden económico. La defensa de la soberanía cubana fue, adicionalmente, un hito continental de las fuerzas progresistas latinoamericanas.

6.- La Caída del muro, el mundo unipolar y la globalización del neoliberalismo: una ecuación para la dependencia.

A finales de los años 80, la caída del socialismo real, que no significó en modo alguno el fin de un paradigma, sino el límite a un modelo estatista, burocrático y que no fue capaz de dar cuenta de la diversidad, afectó a Latinoamérica y a los sectores progresistas, nacionalistas, patrióticos y socialistas que habían vertebrado su acción a favor de las causas de la humanidad, de respeto a los estado y de apoyo a la autodeterminación de los pueblos.

Más aún, el fin de la guerra fría puso al mundo en manos de los países centrales, especialmente de los Estados Unidos, y si bien surgieron las primeras contradicciones entre aquellos ―en su lucha por la hegemonía― el contexto mundial se volvió favorable para la arremetida ideológica del pensamiento conservador y reaccionario, a contrapelo de la puesta en marcha del proyecto capitalista en su fase neoliberal.

Latinoamérica sintió, en los años siguientes el peso de esta realidad. La Globalización del neoliberalismo la afectó profundamente. Las políticas para achicar los estados ―a pretexto de su modernización― en medio de todo tipo de corruptelas a propósito de las privatizaciones, fueron Instrumentos para hipotecar a la región a los objetivos del capitalismo global y, particularmente, del imperio norteamericano en el marco de una dependencia inusitada al capitalismo y a sus intereses.

Lo señalado fue posible, además, debido a la carencia de un contrapeso de poder mundial, lo cual favoreció la pérdida incluso de formas elementales de respeto a la soberanía, por ejemplo cuando en algunos países latinoamericanos se fomentó la presencia de las bases militares y la puesta en marcha de proyectos geopolíticos, geoeconómicos y geomilitares, como el plan Colombia[8].

Las políticas neoliberales arremetieron contra los intereses de los sectores más vulnerables de las poblaciones latinoamericanas, como ocurrió en Ecuador y Argentina, y favorecieron, no obstante, la lucha de los sectores de la izquierda política y social para confrontar tal realidad, lo cual abrió nuevamente el camino para la presencia de las fuerzas del cambio y para reconstituir el escenario que la ideología dominante había construido bajo el supuesto del fin del socialismo.

Un factor importante, en esta recomposición de la lucha social fue, además, la presencia de los sectores campesinos e indígenas que asumieron compromisos para cambiar el “stablishment”.

La diversidad, ese concepto mutilado en la ideología de la izquierda, se abrió paso, dentro de la epistemología de la propia izquierda y fue un detonante importante para la confrontación al orden y sobre todo a fin de procurar salidas a la situación de crisis a la que habían conducido las políticas del neoliberalismo.

7.- El post-neoliberalismo y los caminos actuales de la soberanía en Latinoamérica.

Hoy somos testigos de un proceso fundamental para Latinoamérica, pues algunos países de la región transitan por un periodo postneoliberal, que se sustenta, particularmente, en su lucha por conquistar la soberanía y desmantelar las formas de dependencia a la que nuestros pueblos fueron conducidos a lo largo de su historia.

Tal circunstancia histórica que vivimos fue posible por la acción de las izquierdas de Latinoamérica ―la social y la política― que no obstante la feroz arremetida del neoliberalismo ―en momentos de crisis mundial para el pensamiento crítico― fue capaz combatir con sus ideas y su acción a un modelo depredador de las economías en nuestros países que fue imponiendo desesperanza, desigualdades y frustraciones en el conjunto de la sociedad latinoamericana.

No obstante la realidad descrita, la siembra de ideas propiciada por los forjadores del pensamiento crítico latinoamericano pudo ser cosechada en uno de los momentos más complejos de la Latinoamérica de finales del siglo XX.

Frente a la crisis que provocó el modelo capitalista en su versión neoliberal, se alzaron las voces de los oprimidos y se expandió, por la región, la búsqueda de nuestros pueblos de los caminos de libertad para construir un modelo social y político, capaz de responder a la soberanía de cada país.

Las corrientes nacionalistas, patrióticas, progresistas y de izquierda han formado parte de este nuevo momento que significa, adicionalmente, un tiempo de confrontación con las formas de dependencia al imperialismo. De ruptura frente a las diferentes formas de atentar contra nuestras soberanías.

Pero el valor auténtico de este proceso radicará a propósito de favorecer todas las acciones que contribuyan para que los cambios estructurales fluyan, en plena demostración de soberanía de los pueblos y de voluntad política para romper toda dependencia.

Venezuela, Ecuador, Perú, Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia y esta hospitalaria Paraguay, en donde nos hemos reunido historiadores de diversos rincones, tienen el reto de no administrar la crisis del capitalismo. Solo así construiremos la soberanía e independencia por la que han luchado y muerto hombres y mujeres que han soñado con una patria continental unida por los lazos de la igualdad, de la justicia y la equidad.

Indudablemente la frase mariateguista de que no hay calco ni copia sino creación heroica, será el camino para consolidar la nueva Patria Latinoamericana, soberana e independiente.

 

Este texto fue leído en el encuentro de ADHILAC realizado en la ciudad de Asunción en el 2012.

Bibliografía mínima.

Boersner, Demetrio: Relaciones Internacionales de América Latina, Caracas, Editorial Nueva Sociedad, 2004.

Bosch, Juan: De Cristóbal Colón a Fidel Castro, Lima, Editorial Amauta, 1986.

González Casanova, Pablo (compilador): América Latina: Historia de Medio Siglo, México, Siglo XXl, 1977 (dos tomos)

Guerra, Sergio: Breve Historia de América Latina, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2010.

Guerra, Sergio: Jugar con Fuego, Guerra social y utopía en la independencia de América Latina, La Habana, Casa de las Américas, 2010.

Guerra, Sergio-Rodas, Germán (coautores-editores): Forjadores del Pensamiento Crítico Latinoamericano, Quito, Ediciones La Tierra, 2011

Rodas, Germán: La Guerra Hispano-Cubana-Norteamericana, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1998.



[1] Once años más tarde,1787, EEUU adoptaría su primera Constitución, y pasó así de la categoría de una confederación a la de un Estado Federal

[2] Guerra, Sergio: Breve Historia de América Latina, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2010, p.81

[3] Rodas, Germán: La guerra Hispano-Cubano-Norteamericana, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1998, p. 25

[4] Ibid., p. 26

[5] Guerra, Sergio, Ibid p.130

[6] Rodas, German: Ibid. p.15, 16, 17

[7] Asunto favorecido, también, por el carácter de clase de las instituciones militares de estos países que, a diferencia del cono sur, son de extracción popular y con una historia ligada, particularmente en el caso ecuatoriano, a la propia articulación de las fuerzas de izquierda en los años veinte del siglo anterior.

[8] El llamado Plan Colombia fue elaborado por especialistas de contrainsurgencia norteamericanos. Se escudó en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo en Colombia, lo cual ya configuró, de por sí, una tergiversación a las causas de la crisis estructural colombiana. De otra parte el Plan Colombia se ha constituido en un instrumento de la geopolítica norteamericana para afectar la autodeterminación de pueblos que precisamente luchan por su soberanía. De esta manera se pretende afectar a Cuba, Venezuela y Ecuador, principalmente, mediante acciones encubiertas cuyos propósitos están vinculados a los intereses estratégicos de los Estados Unidos en todas sus variantes.