El Che tatuado

Complejo Memorial Comandante Ernesto Che Guevara, en Santa Clara, al centro de Cuba

El Che tatuado

14.12.2007


Estoy aquí, ante el Memorial al Che en la ciudad de Santa Clara, en Cuba. No tuve valor para entrar, me siento en las gradas, me conformo con saber que él está allí cerca y, como siempre, a nuestro lado, impulsando nuestro afán libertario.

A los lejos se escucha la voz de Fidel: «Ese modelo de hombre, sin una sola mancha en su conducta…». Evoco…

En Venezuela, el 23 de enero de 1958 cayó el dictador Marcos Pérez Jiménez, el pueblo y su vanguardia tomaron el poder. Nos sentíamos invencibles… El cielo de la patria se abrió y por allí penetró el mundo.

Tuvimos las primeras noticias del Che por Radio Rebelde, la escuchábamos, no sé si directamente o por retransmisión de Radio Rumbos o Radio Continente. Aquellas voces nos llenaron de Revolución, se ganaron nuestro corazón y nuestra acción. Todo para los hijos de la Sierra Maestra, barbudos admirados por nosotros, jóvenes imberbes. Así, entramos a militar en la Juventud Comunista, aprendimos a querer a Fidel, al Che y a Camilo. Recogimos «Un Bolívar para la Sierra Maestra».

Después, los Rebeldes triunfaron y vinieron a Caracas. Los vimos en la Plaza del Silencio, allí estuvimos frente a frente con Fidel y creímos sentir al Che en cada uniforme verde olivo. Venezuela se llenó de barba rebelde y de pasión revolucionaria. Alguien dijo que el Che no vino, pero mandó de regalo para el Presidente de la Junta de Gobierno: la ametralladora que usó en la Sierra, era una Madsen nueve milímetros, la llamaban María Bonita. Nos gusta creer que esa historia es verdadera.

Fidel, el Che, nos insuflaron rebeldía, fuego revolucionario, hambre de acción, sueños. Por ellos supimos que volvía la época heroica de la independencia, que las batallas no habían concluido, que todavía quedaban razones altruistas por las cuales luchar. Los cielos de la patria volvían a ser surcados por aves libertarias. Esa fue la primera luz que recibimos de la Revolución Cubana, la luz que encendió el corazón de los revolucionarios.

En Venezuela, la revolución fue traicionada, no supo avanzar y persistió en los gastados esquemas mecánicos de alianzas y de etapismo. Llegamos a la puerta del proceso revolucionario y no la atravesamos, porque los manuales no pueden estar equivocados: «la Revolución que caminaba por las calles no existía, porque no encajaba en los manuales». Ser fiel a dogmas y manuales nos costó medio siglo de pacto de punto fijo. El reformismo tomó las riendas de la Revolución y construyó la ignominia.

Éramos demasiado soberbios para oír a Fidel, al Che, a la Revolución Cubana, ellos iluminaban nuestro corazón, pero no el cerebro. Estábamos demasiado entusiasmados, embriagados con el triunfo del 23 de enero, para pensar que algo nos pudiera salir mal, pero sucedió. Un día el gobierno «democrático» ametralló a los obreros en la misma plaza donde pocos años antes oímos a Fidel y sentimos al Che.

La fantasía había concluido: la oligarquía, que sí sabe lo que hace, había retomado el Estado, lo usaba para reprimir a las clases opositoras y someterlas a los designios del sistema.

Se acerca un guardia y me pregunta qué hago sentado en las gradas, si me ocurre algo, por qué lloro. Le respondo que estoy conversando con el Che… Y continúa su camino sin convencerse mucho, pasa la novedad por radio…

La pasión y el sentimiento empujó a nuestro pueblo traicionado a las montañas, allá fue su vanguardia, desesperada, a retomar el camino que se perdió el 23 de enero, los jóvenes partieron para no dejar morir el sueño, con ellos iba Fabricio y Argimiro, y también el Che.

Volvimos la mirada al Che y lo leímos. Su Guerra de guerrillas fue libro obligado de todo joven revolucionario, aprendimos que: «La velocidad de una columna guerrillera está determinada por la velocidad del más lento». Máxima guevariana cargada de humanismo. La columna era un organismo con problemas y ventajas comunes, la suerte de cada uno dependía de la suerte del todo, aquel principio restituía el pensamiento social. La columna guerrillera era práctica y teoría de la sociedad socialista: el individuo solo puede realizarse en sociedad.

El Che que llevábamos en el morral y el corazón nos salvó la vida muchas veces, era el ángel guardián: «cada combatiente camina separado del siguiente para evitar las emboscadas»; «La vida del guerrillero depende de la vigilancia permanente, movilidad permanente, desconfianza permanente». Esos consejos, ahorraron vidas y sufrimientos. Se luchó, pero no se consiguió detener el desmoronamiento, la derrota que se desprendía del 23 de enero.

Vino el desencanto, el desasosiego. Fueron tiempos duros, un desierto que duró muchos años. Oímos a Fidel reconocer que el Che había caído en combate, y llo­ramos en silencio… Y supimos que era cierto, «que en una Revolución se triunfa o se muere si es verdadera».

Muchos se pasaron al campo enemigo, otros se refugiaron en su vidita personal, algunos buscaron variadas formas de resistencias. Se renegó del Che, se dijo que nada ya tenía que aportar a los pueblos de América. Se pensó en el fin de la historia, más allá solo había el vacío, todo estaba consumado, muerto.

Eran días aciagos para la Revolución y para los revolucionarios. Nos refugiamos en la esperanza, siempre patriótica. El Che nos siguió acompañando, nos ayudaba a ser honestos, humanos, mejores personas. La luz de Cuba, siempre hermana, alumbraba el horizonte abisal.

Nos sobraban ganas de seguir luchando, nos faltaban ideas y explicaciones, algo estaba errado en nuestro mundo y no desconocíamos las razones: ¿Por qué cayó la Unión Soviética? ¿Por qué no cae Cuba? ¿Por qué el marxismo no nos ayudó? ¿Desde dónde empezar?

La dirigencia se avergonzaba de su función, prosperaron las ideologías que negaban la necesidad de organizarse, de tener dirección, de tener líderes. Al pueblo se le privó de sus mejores hombres, le faltaba su necesaria vanguardia. Estaba inerme, a merced de los neoliberales. No sabíamos qué hacer, nos quedaba el recuerdo del Che, pero ya no era tiempo de guerrillas. Decidimos tatuarnos su nombre en la piel, así recordaríamos siempre su ejemplo y su enseñanza: «luchar contra el imperialismo donde quiera que esté».

Vuelve el guardia, ahora acompañado de dos más, un hombre y una mujer, visten de un azul desgastado, el que tiene el radio me increpa: «¿Ud. qué hace aquí?». Le respondo: «Vine a rendirle cuentas al Che, pero no he tenido valor para entrar, por eso estoy aquí, sentado en las gradas, meditando». No quedan muy convencidos y se retiran…

Una madrugada cualquiera, me levanto, hago café, enciendo el radio, oigo sin atención las noticias, que presentía fastidiosas, como todos los días, pero algo no es normal, los locutores están asustados, relatan combates en Caracas: ¡un golpe! Sabemos que no es de derecha, alguna vez la caravana de ellos se cruzó con la nuestra, en los áridos caminos del desierto.

Nos alegramos. Durante algunas horas nuestro corazón estuvo en Caracas, hasta que todo terminó cuando pospusieron la victoria con un «Por Ahora». Entonces, la luz se apagó nuevamente, y volvimos a esperar, a resistir. Nos hicimos chavistas, no sabemos si por afinidad familiar, o por el desespero con que el náufrago se aferra a cualquier cosa que flote.

Y así, entramos en la tolvanera bolivariana, una Revolución que, como todas, es un milagro, no debía suceder, pero está allí, es realidad inexplicable. Camina en situaciones inéditas, sobre ellas llueven teóricos especialistas en cómo no hacer una Revolución, dicen que no es momento para avanzar, hay que convivir, debemos esperar que el mundo madure, pues el imperio está fuerte.

En nuestro caso, la Revolución ocurre en un país que tiene cien años viviendo y muriendo de la renta petrolera, en una sociedad donde las taras del capitalismo alcanzan niveles pasmosos, con una minoría que consume como en la metrópolis, despilfarra como un nuevo rico y el país entero adopta la cultura del oropel, del relumbrón. Todos padecemos una pobreza colonizada por el consumo suntuario, los contrastes son extravagantes. Las palabras deambulan, desabrigadas de realidad, en discursos vacíos que construyen mundos de fantasías sostenidos por la renta fácil. En un país así, no debía ser, pero fue. En este país, surgió la esperanza de una nueva revolución en la América.

Todas las revoluciones tienen en su interior a su principal enemigo, es en la lucha ideológica donde se pierde o se gana, y cada Revolución que se pierde condiciona el destino de las revoluciones futuras. La Revolución Bolchevique perdida, condiciona el destino de la Revolución Bolivariana. La correcta interpretación de lo que allá pasó, determina lo que aquí pase, porque condiciona las ideas que se debaten, y ya sabemos que una Revolución no puede ir más lejos que las ideas sobre las cuales se sustenta.

Entonces, una de las batallas principales de la Revolución Bolivariana radica en las ideas, pero, ¿cuáles son las ideas correctas para avanzar?, ¿dónde está el hilo histórico que debemos tomar para desenrollar la madeja de extravíos y fraudes teóricos que bombardean la Revolución Bolivariana?, ¿dónde quedó la punta del hilo que nos permitirá adaptar el pensamiento universal a nuestras condiciones peculiares?

Nuevamente aparece el Che. Ayer el pueblo lo llevó en su morral guerrillero. Hoy está presente con sus análisis teóricos: su gran debate, los diarios, su crítica demoledora al Manual de Economía Política, de la Academia de Ciencias de la URSS, premonición y explicación del derrumbe del sueño de Lenin. El Che sostiene el hilo, es el principio de la nueva jornada revolucionaria, conducta y pensamiento revolucionarios que nos sustentan para poder avanzar.

En este país, es indispensable seguir el ejemplo del Che y sus enseñanzas teóricas. En él se sintetiza lo mejor de un revolucionario, símbolo de la mayor altura alcanzada por la humanidad en su camino hacia la redención. Así como está tatuado en la piel de muchos, debe estarlo también en el alma de este proceso. Sin el pensamiento del Che, no sería posible construir una Revolución Bolivariana triunfante.

Llegan de nuevo los guardias, traen ahora al que parece un oficial, con uniforme lustroso viene decidido y me espeta: «No puede permanecer aquí, debe abandonar el Memorial». No deja lugar a réplica, me voy…

Ahora camino por las calles de Villa Clara y llego al monumento que recuerda la acción del descarrilamiento del tren blindado, cargado con soldados de la dictadura. Aquí los guardias son mujeres, se muestran más tranquilas y me dejan estar cerca del Che para continuar rumiando mis pensamientos…

El Che está vivo en la construcción de la Revolución Bolivariana. Todos los días, una de sus ideas sale al campo de batalla y se enfrenta al reformismo, al dogmatismo y a la contrarrevolución.

Cuando los reformistas dentro de la Revolución argumentan que hay que hacer un híbrido entre capitalismo y socialismo: el Che sale a la palestra y les responde.

Cuando los contrarrevolucionarios dicen que el socialismo soviético fracasó por ser muy socialista: en el Che está el desmentido.

Cuando proclaman que el pueblo no entiende, si no hay estímulos materiales: el Che emerge y los refuta.

Cuando es necesario enfrentar la corrupción, la ineficacia, el despilfarro: el Che con su ejemplo combate esos vicios.

Cuando los reformistas pontifican que la Revolución no es posible: en el ímpetu del Che está la respuesta.

Cuando los renegados postulan que el Che no tiene nada que decir a la América: entonces el Che toma en sus manos la espada de Bolívar y echa a andar encabezando pueblos hacia su liberación.

Bolívar, Martí y el Che aún tienen Revoluciones que alentar, injusticias que eliminar, trenes, dogmatismos y reformismos que descarrilar en Nuestra América…

Ya estamos en Caracas, pero regresaremos a Villa Clara, la ciudad del Che. Iremos a rendir cuentas… Le diremos que, junto al presidente Chávez, continuamos transitando el camino y aún sentimos bajo nuestros talones el costillar de Rocinante… Gracias, Comandante, siempre vivirás en nosotros.


Artículos relacionados

Ernesto Che Guevara es uno de los nombres fundamentales en la historia del pensamiento revolucionario cubano. Y es uno de los más prominentes marxistas que participaron desde el Tercer Mundo en el proceso de universalización de esa concepción teórica revolucionaria. Los dos títulos que se presentan aquí hoy son de ...