Diferencias y tensiones entre movimientos sociales y partidos políticos

¿Cómo superarlas y alcanzar una democracia participativa?

15.06.2007


Ningún debate puede prescindir de las experiencias y circunstancias concretas. Menos cuando se trata de grandes experiencias. Tenemos que alegrarnos de hacer este debate aquí, en Brasil con la rica experiencia del Partido de los Trabajadores (PT), del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y de otros partidos y movimientos que fueron la base fundamental del triunfo del presidente Lula.

Esta construcción y avance es una gran respuesta al tema planteado y nos reafirma que hay alternativas y en ellas partidos y movimientos que desempeñan un papel imprescindible. Cada lucha, cada resistencia va entregando nuevas respuestas y estas van por el camino de la inclusión y no de la exclusión. Intentaremos hacer nuestra contribución partiendo de nuestra historia y nuestros desafíos actuales.

La base de toda alternativa al neoliberalismo es la formación de un nuevo y poderoso movimiento social político, con profundo sentido social y democrático en sus objetivos inmediatos y con una propuesta programática estratégica de superación del sistema capitalista. Una alternativa no es el logro de un día, sino la confluencia de muchos días con sus noches, y se construye organizando, haciendo conciencia y batallando en todos los espacios. Hacemos esta afirmación partiendo de los grandes cambios ocurridos en el mundo, de las complejidades y nuevas contradicciones creadas, de la nueva fase del capitalismo y también del aprendizaje de anteriores y nuevas historias que los pueblos han sabido construir.

En relación con esto, quiero recordar que el próximo 11 de septiembre se cumplirán treinta años del golpe militar que puso fin al gobierno popular que encabezó Salvador Allende en mi país. Ese golpe solo fue posible por la intervención de los Estados Unidos. El proceso revolucionario que se abrió con la victoria de septiembre de 1970 fue visto como una gran esperanza. Su derrocamiento fue una dura y amarga derrota. Sin embargo, los mil días de la Unidad Popular nos dejaron lecciones en aciertos y también en errores, en sueños y frustraciones, que tienen fuertes y nítidas resonancias en nuestras luchas de hoy.

Comprendemos, sin duda, que toda traslación mecánica de experiencias del pasado sería una inútil e infinita torpeza. Los cambios experimentados en estos años son inmensos. No obstante, sería igualmente liviano y torpe ignorar la historia vivida. El triunfo de la Unidad Popular el 4 de septiembre de 1970 y el proceso revolucionario encabezado por Salvador Allende no hubieran sido posibles sin el desarrollo previo de un poderoso movimiento popular. La constitución de la Unidad Popular y su victoria solo fueron posibles por el desarrollo de movimientos sociales y la unidad de fuerzas políticas que confluyeron en una gran demanda democrático-revolucionaria general.

Allende fue un gran líder político, pero también un constructor de movimientos sociales. Neruda, un gran poeta y a la vez un político relevante. Víctor Jara, un cantautor y militante responsable y tenaz. Sus militancias orgullosas, abiertas, no eran opuestas a su participación en el mundo social al que pertenecían. Creemos que aquí hay lecciones que perduran.

Por una parte, los partidos que propugnan el cambio de sociedad, serán incapaces de materializar sus ideales si no contribuyen al surgimiento, impulsan las luchas e interactúan, con los movimientos sociales que demandan la superación de las carencias que impone la sociedad que debe ser cambiada. Por otra, los movimientos sociales pueden desarrollar luchas potentes y lograr triunfos, pero estos serán efímeros si no asumen y logran resolver el problema central de toda transformación de fondo, que es el problema de la modificación del carácter de la sociedad en que emergen, y se hacen parte de un proyecto y un programa político que realice cambios radicales.

Vivimos otros tiempos. El neoliberalismo, desde su instalación como nueva forma dominante del capitalismo, ha potenciado sus peores rasgos. Se ha acentuado su carácter de régimen generador de desigualdades. Una cifra basta para confirmar la celeridad con que se manifiesta esta tendencia a la desigualdad: el 80% de la población mundial vive en la pobreza. En América Latina en 2001 había más de doscientos once millones de pobres, en 2002 llegan a doscientos veinte millones de pobres.

En Chile, la experiencia neoliberal ha sido llevada a fondo y esto ha significado tener una de las peores distribuciones de los ingresos y las jornadas más largas de trabajo. En 1990 el 5% más rico recibía 120 veces más que el 5% más pobre, en el año 2000 recibía 220 veces más.

El gobierno de Lagos representa a los sectores que asumieron como propio el proyecto de la dictadura, aplicaron algunos parches para que siguiera todo igual, adscribiéndose plenamente al neoliberalismo, y profundizaron el modelo. Este es un gobierno que no tiene nada de progresista o de izquierda, sino uno profundamente neoliberal, autoritario y represivo. Ha abandonado su programa de cambios democráticos, mantiene la misma Constitución pinochetista, un sistema electoral binominal que solo permite la representación de los dos bloques que están con el sistema, ha instalado la impunidad en todos los planos, y se ha convertido en un gran instrumento de permanencia del modelo.

Gobierno y Concertación, la alianza de gobierno, también ha adoptado las prácticas de corrupción de la dictadura, como ha quedado de manifiesto en estas últimas semanas con los sobresueldos de ministros, indemnizaciones y sueldos millonarios de ejecutivos de empresas estatales, el soborno, las coimas y el desafuero de cinco diputados, el encarcelamiento de un ex ministro y otros altos funcionarios por fraude al Fisco.

En Chile, la alta conciencia democrática alcanzada fue tremendamente dañada por sucesivas derrotas: el derrocamiento del gobierno popular, la caída del socialismo en Europa del Este, y la imposición de una salida pactada con la dictadura.

Los pilares de este proceso de enajenación fueron los horrorosos crímenes cometidos, el terror y control total, el arrasamiento y desintegración de las organizaciones sociales y de la izquierda, la imposición de instituciones antidemocráticas, la prédica del apoliticismo y del individualismo mediante el control total y transnacionalizado de los medios de comunicación, el debilitamiento progresivo de la educación pública, de sus valores y objetivos. Todo ello provocó un profundo retroceso de la conciencia democrática, temor y desinterés en la política y debilitamiento del sindicalismo de clase existente y de los partidos de izquierda.

El modelo neoliberal hace su primer experimento en Chile y es llevado a fondo. Logra atomizar y fragmentar los movimientos sociales, reduciendo la participación de la gente en los asuntos y problemas específicos, coopta a segmentos del sindicalismo, contraponiendo a unos sectores del pueblo contra otros.

Ya instalados en el mundo y con la consigna «no hay alternativa», los dominadores pensaron que era posible clavar la rueda de la historia y decretaron su fin. Habían impuesto una contundente derrota a sus principales oponentes y decidieron hacerla definitiva. Se equivocaron rotundamente.

En muy corto plazo, la rueda empieza a girar y surgen luchas diversas –todos los pueblos luchan– y experiencias notables en América Latina de fuerzas de izquierda y movimientos sindicales e indígenas que acceden al poder. La prueba más contundente es, precisamente, la emergencia del movimiento antiglobalización, del movimiento de movimientos, y de un nuevo sujeto histórico en construcción que, en una nueva diversidad y radicalidad, puede y debe transformarse en una respuesta también global, capaz de intervenir en el conflicto que opone a los pueblos frente a los neoliberales.

La crisis actual del capitalismo y la salida guerrerista, no harán otra cosa que agudizar los problemas de la gente. Deben ser aprovechadas para elevar la conciencia y las luchas de los pueblos y pasar a la ofensiva. Pero ¿qué falta para que la crisis en curso se transforme realmente en oportunidad para los pueblos y las fuerzas alternativas?

Lo que entraba la construcción de alternativas a la crisis del capitalismo es, ante todo, la despolitización, la división, la competencia, las desconfianzas, la falta de organización y unidad en torno a proyectos democráticos que enfrente la política imperialista, la guerra y el neoliberalismo. En suma, el retraso en el desarrollo de la conciencia política.

La ideología neoliberal que penetra y subordina todo, instala machaconamente el discurso del individualismo, la fragmentación y establece incompatibilidades en las relaciones entre partidos y movimientos sociales. La contradicción entre actores sociales, partidos y movimientos siempre ha existido, como en todo orden de cosas, pero de ahí a llevarlo al rechazo, exclusión y relación antagónica, responde ante todo a una interpretación interesada y funcional al discurso neoliberal, que hace todo para que no se impugne el sistema, vale decir la totalidad del orden neoliberal.

En relación con esto quiero precisar algunas ideas.

Es indispensable hacer un rescate elemental del valor de la política como forma de conciencia y actividad social, y que pone de forma más inmediata los verdaderos intereses que mueven a los diferentes sectores de la sociedad en relación con la propiedad, la producción y su distribución.

El papel principal de los partidos transformadores es su capacidad para contribuir a la organización, la lucha y la maduración de la conciencia popular; capacidad de ayudar a los trabajadores en ese proceso, y lograr que se constituyan en el núcleo de un amplio frente en el que confluyan los más amplios sectores; capacidad de elaborar una plataforma política de cambios y las consignas adecuadas para cada momento: en definitiva, capacidad para conquistar el poder del Estado, transformarlo y colocarlo al servicio de las transformaciones revolucionarias.

Podemos lograr esa capacidad si nos preparamos para entender y asumir la nueva realidad, en particular esclarecer cómo los trabajadores han sido afectados por el ambiente ideológico del neoliberalismo. Los movimientos sociales pueden desarrollar luchas potentes y lograr ciertos triunfos, pero, en general, por su carácter sectorial, local, solo llegan hasta cierto punto pues no se plantean resolver el problema central de toda transformación de fondo, que es el problema del poder del Estado, es decir, el problema de la política.

El valor de los partidos estriba en sus propuestas de proyectos de crítica y transformación global, mientras que los movimientos sociales en general emergen como demandas y críticas específicas. Pero ambos son agentes, actores que se mueven en un mismo campo: la política. Son espacios distintos, y bien podríamos concluir en que cada cual a lo suyo, mas no se trata de eso. A diferencia de épocas pasadas donde las alianzas políticas eran las determinantes, ahora se trata de la confluencia de distintos actores para enriquecerse mutuamente y manteniendo su autonomía, transformarse en un nuevo sujeto histórico.

Un movimiento social, como el ecologista, cuyo diagnóstico y crítica abarca más dimensiones, cuestiona el capitalismo en relación con la depredación de la naturaleza y no en sus efectos totales de depredación sobre los seres humanos. Aquellos que se comprometen con un quehacer que va más allá de sus objetivos iniciales, no pueden más que llegar a la conclusión que deben desarrollar un accionar de carácter político y se convierten en partidos.

Se puede entender que en una situación de derrotas temporales de la izquierda, y de crisis de los proyectos alternativos; de traición de muchos políticos de gobierno que pisotean las promesas hechas al pueblo, y sus principios en nombre de una «renovación» que es en realidad renegación, los movimientos y el común de la gente tomen distancia de «la clase política», concepto, por lo demás, acuñado por el neoliberalismo.

Tenemos presente también que las dogmatizaciones e interpretaciones reduccionistas y burocráticas del problema del poder, y del papel de los partidos, que condujeron a la derrota a procesos revolucionarios, son algunos de los factores que explica el hecho de que los movimientos sociales actuales tomen distancia de los partidos políticos. Además, influye el énfasis absoluto, por parte de algunos partidos, de su participación en los marcos institucionales, específicamente en los procesos electorales, sin vinculación con la lucha y participación directa de la gente.

La crítica a los partidos tiene una base real, y a veces se realiza desde cierto tipo de pensamiento que se considera progresista, pero esconde una peligrosa opción política: la de abandonar el campo de la crítica integral al sistema y los esfuerzos por la articulación de todos en la lucha global y sus objetivos de largo plazo.

En la actualidad, tampoco se podría pretender privilegiar a los partidos sobre los movimientos sociales, con la idea de «vanguardia», o que los militantes de partidos que participan en los movimientos sean «correas de transmisión» de sus partidos. Esos tiempos han pasado, y quienes mantengan esas ideas no hacen sino repetir fracasos y otros, interesadamente, insisten en esas caricaturas reaccionarias que nosotros bien conocimos bajo la dictadura. Ni vanguardias ni transmisores, sino juntos y al lado de todos los que aspiran a que otro mundo es posible. No puede haber imposición sino dirección.

El partido transformador se hace educando y educándose, desde la experiencia de la clase obrera y los variados movimientos sociales, desarrollando la política desde ahí. Trabajar desde y con la práctica y vivencias de los trabajadores, produciendo con ellos la teoría, y operando como sintetizador.

Siempre han existido los movimientos sociales, pero hoy las múltiples agresiones de la globalización neoliberal han hecho aparecer una diversidad y pluralidad mayor de nuevos movimientos que levantan reivindicaciones asociadas a problemas que adquieren una nueva dimensión en la actualidad, como la defensa del medio ambiente; las luchas de género y la diversidad sexual; por los derechos humanos; de los pueblos originarios; de los portadores del VIH y enfermos de SIDA; por los derechos del niño; la defensa de los valores democráticos, de la soberanía de las naciones, etcétera.

Es necesario y urgente que los seres humanos confrontados a esas agresiones se reúnan, se organicen, construyan un proyecto común y luchen por su realización. Ninguna de esas agresiones podrá ser conjurada por separado. El tema es la relación dialéctica de acuerdos y diferencias, de unidad y lucha que existe entre actores sociales y políticos que construyendo pueden ser sujetos capaces de enfrentar, resistir y transformar el capitalismo.

De ahí que necesitemos concentrar esfuerzos en romper la costra cultural neoliberal para reinstalar la prevalencia de una cultura y valores populares, solidarios y colectivos, y el desarrollo de la conciencia de clase que impregnan la organización y batalla popular. A ello favorece cierta intuición y deseo emancipatorio latente en la conciencia del pueblo, que saldrá a flote en medio de la recuperación de la memoria histórica de luchas y procesos que ayudan a regenerar la conciencia.

El valor del ejemplo, la decencia, consecuencia, rectitud de intención política, voluntad de combate al neoliberalismo y la aspiración socialista, que deben caracterizar a los partidos de izquierda, son fundamentales en la creación de la nueva conciencia y la subjetividad. Esto es más decisivo, cuando la cultura burguesa adquiere la fuerza que tiene hoy. La ideología neoliberal opera como «la razón práctica» de los sectores populares pues esta le es inoculada desde los medios de comunicación, el sistema escolar, y en los modelos de comportamiento.

Enfrentar el sistema neoliberal, la globalización capitalista y cada una de sus consecuencias, es la cuestión central de nuestra época y es cuestión de política. Pero no de cualquier política, sino de aquella que exige la organización de los trabajadores y del pueblo en partidos políticos propios, independientes del sistema, que asumen defender los intereses inmediatos de la mayoría con perspectiva de futuro, es decir, con la decisión de hacer cambios de fondo en la sociedad y resolver el problema del poder del Estado. En pocas palabras, partidos de izquierda consecuentes.

Retomando las vivencias de nuestra historia, tenemos presente que la Unidad Popular y los movimientos sociales de ese tiempo, conquistaron el gobierno y lograron materializar importantes reivindicaciones populares, pero no alcanzaron, no pudieron ni supieron, resolver el problema del poder, es decir, el problema clave de un movimiento que se propone cambios radicales y perdurables, y que solo se resuelve con la más amplia, concientizada y organizada presencia expresada en poder popular desde la base. El problema del poder sigue siendo una cuestión ineludible. De otra manera, se está condenando el movimiento a un eterno retorno, a arrastrar la roca hasta la cumbre para que vuelva a caer y comenzar de nuevo. Esto es inevitable mientras se permanezca en los marcos del sistema. Por ello, es necesario unir todas las fuerzas consecuentes, sociales y políticas.

Para que los movimientos sociales sean una fuerza más efectiva de cambio de la sociedad es imprescindible que se vinculen con todas aquellas fuerzas, sectores y grupos que se oponen al sistema neoliberal, en primer lugar con el movimiento político antisistema, con la izquierda. El enemigo es poderoso, y para enfrentarlo, el único y  mejor camino es el acuerdo y la unidad.

La determinación de subordinar nuestros países a los poderes imperiales se expresa de mil maneras. La persistencia de las amenazas contra Cuba, el despliegue del militarismo, en primer lugar en Colombia, los intentos de derrocar gobiernos que intentan políticas alternativas como en Venezuela, etcétera, van enfilados a llevar a la práctica un proyecto de recolonización que se condensa en la imposición del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

En esa perspectiva, el gobierno de Ricardo Lagos ha dado un paso odioso: la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) con los Estados Unidos que se ha convertido desde el día de su firma en un espolón contra todos los pueblos hermanos para imponer el ALCA. Ese tratado, presentado como un gran logro, es en realidad el marco, hecho a la medida del imperialismo, para imponer las garantías de sus inversiones en tratados inamovibles y asegurados por la amenaza del uso de la fuerza para sostener los privilegios otorgados a perpetuidad. Es la pretensión de eternizar la globalización neoliberal.

Buena parte de los latinoamericanos nos aprestamos a conmemorar doscientos años de independencia del colonialismo español. ¿Llegaremos a esa fecha con el no reconocimiento de las deudas a la autonomía, tierra, respeto a la cultura e identidad de nuestros pueblos originarios? ¿Llegaremos a esa fecha con la formalización del nuevo dominio imperial de los Estados Unidos? Por lo menos propongámonos llegar luchando contra la intervención, la anexión y las guerras imperialistas, y recuperar el pensamiento y la acción latinoamericanista de nuestros próceres en la lucha por la independencia.

La perspectiva de la integración latinoamericana debe ser un gran componente de la propuesta alternativa a la globalización neoliberal. La posibilidad de conquistar victorias para las fuerzas populares depende, hoy más que antes, de su capacidad de insertar sus luchas nacionales en el movimiento mundial antiglobalización.

Nos sentimos parte del proyecto de cambios que promueve el movimiento antiglobalización neoliberal tal y como somos: un partido político que aporta la lectura clasista de la sociedad en que vivimos, la determinación de lucha por la superación del capitalismo y que a la vez asume la necesidad de las luchas parciales que apuntan en la dirección del cambio radical de la sociedad.

Somos parte de cientos de organizaciones sociales, contribuimos resueltamente a la formación de nuevas, apoyamos las luchas justas de todas, estemos o no presentes en ellas. En nuestro XXII Congreso, realizado en noviembre de 2002, decidimos volcar todos nuestros esfuerzos hacia los trabajadores y la plena recuperación de su organización clasista en las nuevas condiciones de explotación del trabajo.

Uno de los argumentos privilegiados de la subordinación al neoliberalismo de sectores que antes sostuvieron posiciones de izquierda, consiste en declarar caduca la existencia del proletariado moderno, la clase de los trabajadores. La verdad es exactamente lo contrario. Nunca como hoy existen más y diversas formas de trabajo asalariado.

En Chile se ha creado un numeroso ejército de trabajadores desregulados, equivalente al 66% de la fuerza laboral. Trabajadores por cuenta propia, con boletas a honorarios, en prestaciones de servicios para empresas que suministran personal a otras empresas, todos en calidad de eventuales o transitorios. Sindicalizar, organizar todos los sectores de trabajadores de empleo fijo, precario, cesantes, manuales e intelectuales y todas las nuevas modalidades de trabajo, nos lleva a la idea potenciadora de sindicalizar la sociedad, o universalizar la sindicalización.

En la construcción de alternativas para enfrentar el capitalismo, es donde deben resolverse las diferencias y tensiones, la relación entre lo político y lo social, y de allí nuestra convicción que el modo más potente es el de la creación, a nivel nacional como internacional, de un movimiento político social amplio y plural que acoja a todos los que honestamente quieran la superación de la crisis que atenaza a la humanidad.

Nuestro debate  tiene la urgencia de los dramáticos tiempos que vivimos. La muerte de millones de seres humanos en el mundo por hambre, por enfermedades curables, por contaminación, por la guerra, es hoy, y para ellos no habrá un cómodo ni siquiera antagónico mañana.

Es hoy cuando debemos contribuir con celeridad, a la confluencia de los movimientos sociales y de los partidos de izquierda que se alzan por la paz, la igualdad y la defensa del medioambiente. Y que se expresen codo a codo, con el cuerpo y alma en las calles. Esa confluencia, esa unidad debe ser el objetivo del Movimiento de Movimientos expresado en cada lugar con sus propias características y formas.

El movimiento antiglobalización es hoy una realidad y para infinidad de gente una gran esperanza. Puede convertirse en un sujeto político internacional y nacional capaz de representar, organizar e intervenir política y socialmente en la contradicción principal de nuestra época, neoliberalismo o democracia, capaz de construir una alternativa con un programa democrático avanzado.

Es sobre todo mediante iniciativas de acción que se construirá la unidad. Y esas iniciativas son múltiples, pero hay una principal: la lucha más intensa y decidida por la paz y contra las políticas imperialistas de los Estados Unidos. Por sobre los antagonismos debemos actuar coordinadamente. Concertémonos, rebelémonos, para detener la guerra.

 


Notas


*  Intervención realizada por Gladys Marín en el III Foro Social Mundial efectuado en Porto Alegre, Brasil, del 23 al 28 de enero de 2003.


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