Cuatro besos, Fidel y una niña guantanamera

Liaena Hernández era una niña guantanamera cuando conoció a Fidel en el fragor de la Batalla de Ideas. Su testimonio aparece en el recién publicado libro Al eterno Comandante, de la editorial Ocean Sur...

04.01.2017


Cuba se estremeció con la noticia. Fidel ha muerto. El golpe, la tristeza, la impotencia ante su muerte, se traduce en pocas horas en el homenaje sentido que realiza todo un pueblo. Cientos de universitarios se agolpan en sus centros de estudios, escriben carteles, dibujan pancartas, se pintan el rostro. El llanto se mezcla con las consignas. Se escuchan las notas del Himno de Bayamo y se repite la frase, de boca en boca: “Yo soy Fidel”.

La editorial Ocean Sur, que durante décadas ha promovido la obra del líder histórico de la Revolución, se apresta, ágil y precisa, a rendirle tributo con la publicación del libro digital: Al eterno Comandante.  Cubanas y cubanos recuerdan a Fidel.  Esta edición acoge lo que en las primeras cuarenta y ocho horas después de su muerte escribieron muchos jóvenes en periódicos, blogs, páginas en Facebook. Las letras van acompañadas de fotos tomadas en la mañana del 26 de noviembre en la misma universidad donde estudió, en la que se hizo revolucionario, en la que anunció el carácter reversible que podía tener la Revolución y desde la que habló por última vez a los universitarios, dejándoles la entera responsabilidad de defender en Cuba las banderas del socialismo.

Uno de esos testimonios es el de Liaena Hernández, una niña guantanamera que conoció a Fidel en el fragor de la Batalla de Ideas. Estos son sus recuerdos de aquellos encuentros que marcaron su vida:

Yo estaba muy nerviosa. Hacía pocas horas me habían dado la noticia de que, junto a otros pioneros, dirigiría la sesión plenaria del Tercer Congreso de los Pioneros en 2001. Saber que a mi lado estarían Vilma y Raúl, me tenía muy inquieta y ni me percaté de que ya la presidencia había entrado. Todo el mundo se puso de pie y, cuando miré, Fidel estaba detrás de mí.

Entonces Miriam Yanet me miró y le dijo a Fidel: “Mire, Jefe, ella es la pionera de Guantánamo que va a dirigir el Congreso”. El Comandante me hizo señas para que me acercara y los centímetros que nos separaban me parecieron kilómetros. Llegué hasta allí y Fidel me puso la mano en la cabeza. Lo primero que hice fue mirarlo atentamente y pensé: ¡Qué alto es Fidel!, y si le da dolor en la columna cuando me vaya a saludar. Entonces, me puse de puntillas cuando lo besé para que no tuviera que agacharse tanto. Sentir su barba en mi rostro es algo que nunca voy a olvidar.

Durante el receso me quedé un poco rezagada y vi que Fidel estaba sentado recogiendo sus cosas. Cogí un bolígrafo, mi diario del Congreso y le dije: “Comandante, pudiera firmarme mi diario”. Él escribió su firma y puso de fecha 7 de julio. Ya estábamos a 9. Entonces yo, niña al fin, le dije: “Comandante, estamos a 9”. Él me respondió: “Ah, verdad”. Tachó el 7 y le puso encima un 9, y me dijo: “Eres una niña muy inteligente”. ¡Imagínense!, un piropo de Fidel y el segundo beso, que me lo gané en ese momento.

Al otro día, en la gala cultural, lo volví a ver. Yo me dije: Esto no puede ser, yo no me merezco tanto, hasta cuando voy a estar teniendo este placer de ver a Fidel. Entonces, el Comandante habló mucho con nosotros y nos felicitó por el Congreso. En este último encuentro yo lo pude mirar mucho más tiempo, sentirlo más cerca y reflexionar sobre muchas cosas. Al salir se despidió de nosotros, ese día fueron dos besitos más. Yo los fui contando porque para mí fue una experiencia extraordinaria.

Tomado de Cubahora


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