América Latina: integración regional y luchas de emancipación

14.09.2006


América Latina entró en un período político de grandes potencialidades emancipadoras, cuyos contornos y desarrollo aún están en construcción y disputa. Las dificultades son inmensas, pero se trata de una oportunidad histórica única para conquistar nuestra segunda y verdadera independencia. En ese contexto, la cuestión de la integración es clave para definir el rumbo político que tomará la región. El objetivo de este artículo es sistematizar algunos elementos de este nuevo período político, analizar las dificultades y potencialidades de la coyuntura regional, y plantear los desafíos que las izquierdas deben resolver, en particular, en materia de integración regional, para hacer avanzar las luchas emancipatorias.

 

Cuatro procesos

Conscientes de los riesgos de toda comparación histórica, pero con la intención de subrayar la importancia del período actual, podemos apuntar, como otros autores ya lo hicieron, que esta es la cuarta vez en los últimos doscientos años que en nuestra región se vive una oleada emancipadora. Es obvio que no fueron procesos homogéneos, pero su denominador común fue su alcance regional y su potencial de ruptura con el orden colonial e imperialista.

El primer proceso emancipatorio se registró cuando las luchas por la independencia, que tuvieron su epicentro entre los años 1810 y 1830. Conquistamos la independencia formal de España y Portugal, pero no rompimos las cadenas de la dependencia económica que nos ataban a la otra metrópoli que, en breve, se convertiría en el imperialismo hegemónico. La segunda andanada se expresó en el ascenso del nacionalismo en los años 1930-1940. Ese nacionalismo intentó crear las bases materiales para la independencia económica, pero le faltó una voluntad política que la llevara hasta el final. Así, pasada su primera fase, se transformó en un fracasado proyecto que, sin rechazar la dependencia, pretendía impulsar un desarrollo asociado al imperialismo. El tercero se abrió con la Revolución Cubana de 1959. Este proceso tuvo un tremendo impacto político-ideológico sobre la región y generó nuevas condiciones para realizar la tarea propuesta por Mariátegui (desde Perú, en 1928) de pensar un socialismo indo-americano como una creación heroica y no como calco y copia de doctrinas importadas de las metrópolis. No se consiguió sortear, sin embargo, el feroz cerco de dictaduras militares que el imperialismo norteamericano y las oligarquías locales a él aliadas impusieron a la región en las dos décadas que siguieron.1

Cada uno de esos procesos tuvo sus conquistas, sus limitaciones y sus derrotas. Lo nuevo que se presenta es que se puede reunir, de una sola vez, condiciones económicas, políticas e ideológicas para generar un proyecto de emancipación de escala regional. Para discutir cómo conseguirlo, vamos primeramente a detenernos en el análisis de los antecedentes del actual período, lo que nos dará una visión más clara sobre las condiciones bajo las cuales tenemos que operar.

 

Neoliberalismo, un proyecto contestado

A mediados de la década pasada, el discurso dominante era el del «fin de la historia» y de que «no hay alternativas». Entonces, nuestro continente estaba cubierto de gobiernos neoliberales obedientes al de Washington; y Cuba, solitaria, atravesaba el desierto del «período especial». El neoliberalismo había tenido entre sus pioneras a dos dictaduras militares sangrientas, la chilena (1973-1989) y la argentina (1976-1983), pero se transformó en proyecto dominante cuando, en los años ochenta, fue asumido por el imperialismo norteamericano (con el gobierno Reagan) como programa que debía ser implementado mundialmente.

Las crisis del programa socialdemócrata europeo desde finales de los años setenta y del socialismo burocratizado en la década de 1980, y el fin de la Unión Soviética en 1991, abrieron espacio para que el proyecto neoliberal se tornara ideológicamente hegemónico en ese período. Al mismo tiempo, el «fin de la guerra fría» alimentó en algunos círculos la ilusión de un mundo sin conflictos que no se verificó: surgió un orden mundial más injusto, más inestable y más violento que el anterior, regido por la unipolaridad del imperialismo norteamericano.

Entiendo que aún estamos bajo ese doble signo a nivel mundial: de la imposición del programa neoliberal y de la unilateralidad de la acción del imperialismo norteamericano. Sin embargo, se trata de un orden que presenta resquebrajaduras regionales con características y potencialidades políticas muy heterogéneas. De todas ellas, la que más elementos emancipatorios incorpora es la que vivimos en América Latina.

En nuestra región la coyuntura dio un giro. Hay un despertar de los pueblos y el neoliberalismo es por aquí un proyecto puesto en jaque. La línea del tiempo de la coyuntura actual la podríamos comenzar en diversos puntos. Y ciertamente, dependiendo de la ubicación geográfica de quien observa, habría percepciones diferentes de acuerdo con las experiencias nacionales. El antecedente más distante podría ser el Caracazo de 1989 en Venezuela, primera revuelta masiva contra un ajuste neoliberal, sangrientamente reprimida por el gobierno del entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Entre los antecedentes, estaría, con seguridad, el levantamiento indígena zapatista mexicano contra el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en enero de 1994. Pero, será la rebelión popular en Cochabamba, Bolivia, en 2000, contra la privatización del agua, la que ponga en evidencia de forma más clara que ya se había alcanzado una nueva coyuntura, donde la presión popular era capaz de bloquear la aplicación del programa neoliberal. En esa cronología habría que poner igualmente los momentos, desde finales de la década pasada, en que movilizaciones populares echaron a presidentes neoliberales en Ecuador, Paraguay, Argentina y Bolivia; y cuando los pueblos, mediante su voto, buscaron alternativas, comenzando con las elecciones venezolanas de 1998, cuando Hugo Chávez fue electo presidente de Venezuela, en una serie que creció expresivamente en los últimos años con Brasil, Argentina y Uruguay, y tuvo su momento alto con la reciente elección de Evo Morales en Bolivia.2

Ahora bien, que haya cuestionamiento y oposición al neoliberalismo no quiere decir aún que otro proyecto ya esté claramente en marcha, lo que significa es que ese programa se agotó porque no ofrece más perspectivas de gobernabilidad, al menos en un marco democrático, por lo que está abierta la temporada de formulación, construcción y aplicación de alternativas. Por otro lado, no hay un programa alternativo ya listo y válido para todos los casos. El desenlace de la coyuntura dependerá de la constitución de voluntades políticas capaces de impulsar a cada país y a la región hacia un proyecto de superación del neoliberalismo; y serán «capaces» si construyen mayorías políticas. Por ello, el tema clave es el de la «hegemonía» en los procesos nacionales. Sin embargo, tampoco quiere decir que en el proceso de ese parto no estén presentes ya indicaciones del sentido general de los cambios. Por ejemplo, no es un detalle menor que en la Cumbre de Presidentes de Mar del Plata, en noviembre de 2005, el presidente Bush mismo, con la ayuda de sus testaferros regionales –con el mexicano Vicente Fox a la cabeza–, no haya conseguido forzar el reinicio de las negociaciones del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), bloqueada por la oposición de los gobiernos de Venezuela y del MERCOSUR. Téngase en cuenta que el ALCA era, desde el tiempo del auge neoliberal, la principal estrategia imperialista para completar su dominación sobre la región. Por las cuentas de Clinton, primero, y de Bush, después, en el año 2005 estaría vigente el ALCA para todo el continente (excluyendo a Cuba), al igual que en 1994 lo estuvo el TLCAN. No se logró y no hay perspectiva de que se pueda retomar a corto plazo.

Lo que le resta a los Estados Unidos es presionar a los gobiernos nacionales más susceptibles a su coerción –Chile, Colombia, Perú, países de América Central y República Dominicana– para imponer tratados bilaterales de libre comercio. Esto que es un avance del imperialismo norteamericano por las partes de menor resistencia (gracias a la presencia de gobiernos entreguistas) es también su confesión de derrota en relación al todo.

 

Imperio empantanado

Hay muchos indicios de que el auge del imperialismo norteamericano ya pasó. Su principal argumento –su capacidad de despliegue militar convencional– se empantanó en Irak. Sus políticas para el mundo árabe y el musulmán fracasaron al no estabilizar un arco de aliados estratégicos; al contrario, han introducido nuevos elementos de inestabilidad para sus antiguos aliados. Por haber entrado militarmente de forma maciza, no tiene cómo salir tan temprano de allá y todo indica que no cuenta con fuerzas suficientes para dos frentes de conflictos agudos al mismo tiempo.

El unilateralismo de su política internacional despertó el «nacionalismo» en otras potencias capitalistas que, sin capacidad de enfrentarle militarmente, sin embargo, se ven tentadas a buscar un nuevo mapa geopolítico –osadía facilitada por la ausencia del «peligro comunista»–. Su economía (tomada individualmente) continúa siendo la principal del planeta, pero en declive y con problemas crecientes, cada vez más dependiente del financiamiento del resto del mundo, en particular de China.

Al mismo tiempo, vemos que vuelven a crecer movimientos populares de contestación dentro de los Estados Unidos. El caso más evidente es el de las gigantescas manifestaciones promovidas por inmigrantes (sobre todo latinos) en defensa de sus derechos el 1ro. de mayo de 2006, pero también tienen su impacto las coaliciones contra la guerra y las que desarrollan campañas contra las políticas de las corporaciones multinacionales norteamericanas. Es debido a ese cuadro coyuntural que América Latina no es hoy la primera prioridad estratégica del imperialismo norteamericano. También en otros momentos, cuando se aflojaron las cuerdas con que el imperialismo ata a la periferia, es que hubo mayores espacios políticos para proyectos emancipadores. Pero eso no significa que, en términos geopolíticos, nuestra región haya perdido su carácter de área natural de ejercicio de la hegemonía norteamericana (por lo que no hay que esperar auxilio de otras potencias).

 

Izquierda, crisis y reorganización

Es importante señalar que las izquierdas (sociales y partidarias) arriban a esa nueva coyuntura después de atravesar una fuerte crisis política e ideológica en la región (y a nivel mundial). Compárese el escenario de mediados de los años ochenta con la primera parte de la década siguiente, y se verán dramáticas transformaciones en el mapa de las izquierdas latinoamericanas con deserciones importantes, con la disolución de organizaciones políticas que tuvieron peso, con la pérdida de referencias programáticas y otras, al mismo tiempo que las fuerzas conservadoras enseñoreaban su hegemonía ideológica y política neoliberal en la mayoría de los países. Sin embargo, la crisis de las izquierdas quince años atrás, tuvo un inesperado resultado positivo: deshizo las fronteras internas (muchas veces sectarias) entre tradiciones, partidos y facciones establecidas por las experiencias del siglo xx. Este fue el nuevo terreno fértil para las amplias convergencias populares ocurridas en el período siguiente, caracterizado por el auge de la protesta social y por un mayor cuestionamiento a la legitimidad del proyecto neoliberal.

Una de sus características, que tanto la diferencia de otros momentos históricos como le da potencialidades (aunque también dificultades) que aún no podemos medir, es que el actual proceso acontece sin que haya previamente alguna hegemonía político-ideológica instalada o pudiendo instalarse en el escenario político-popular de nuestro continente. Eso se debe, probablemente, a que aún estamos en un período de reconstrucción de las izquierdas sociales y partidarias después de la caída del «socialismo real» que junto con el vendaval neoliberal, unos quince años atrás, tuvo tremendo impacto sobre la configuración de las fuerzas progresistas. Todo indica que haremos de este rasgo actual un principio para que finalmente la liberación de los pueblos la construyamos buscando la unidad y rechazando los hegemonismos.

Una intensa actividad desde los movimientos sociales (o de la «sociedad civil», según se quiera) abonó esta nueva fase. Entre los antecedentes más importantes habría que nombrar la campaña continental contra los 500 años «de colonialismo» en 1992. Allí, la convergencia entre movimientos indígenas, campesinos, barriales, de mujeres, de cultura y comunicadores populares, etcétera, apuntaba para la conformación de nuevos actores políticos.

Articulaciones continentales o mundiales surgieron o se fortalecieron en ese proceso y en la nueva coyuntura que se delineaba en nuestra región: la Vía Campesina y la Coordinación Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC); los encuentros de pueblos indígenas que han resultado en coordinaciones (amazónica, andina, entre otras); Jubileo Sur América y «50 años [de FMI y Banco Mundial] bastan»; la Marcha Mundial de Mujeres y la Red Mujeres Transformando la Economía (REMTE); el Frente Continental de Organizaciones Comunitarias (FCOC); la Alianza Social Continental (ASC), la Campaña Continental contra el ALCA y los Encuentros Hemisféricos de Lucha contra el ALCA; la Convergencia de Movimientos Populares (COMPA); la Asamblea de los Pueblos del Caribe (APC); el Foro Social Mundial y el Foro Social Américas, el Foro Sindical de las Américas (primera experiencia de espacio sindical ampliamente unitario desde la Segunda Guerra Mundial), entre varias otras.

A diferencia de otros continentes y de otros momentos en nuestra región, hoy tenemos en las Américas muy amplios espacios de convergencia, articulación y construcción de luchas comunes. Son herramientas fundamentales para que, más allá de la diversidad nacional o sectorial que hay, vayamos trabajando en perspectivas cada vez más unitarias de superación de nuestra herencia colonial, de nuestra dependencia en relación al imperialismo y de las desigualdades sociales, étnicas y regionales que marcan a América Latina.

 

Necesidad y posibilidad de la integración

Que este proceso de rearticulación de las izquierdas ha tenido un balance globalmente positivo –aunque con grandes heterogeneidades– es innegable. La resistencia dio sus frutos como muestra el hecho de que la negociación del ALCA esté paralizada o de que hayan surgido en diversos países fuerzas políticas críticas del neoliberalismo y del imperialismo norteamericano con capacidad hegemónica (y que son gobierno en diversos casos). Pero, un proceso de emancipación no depende solamente de la construcción de fuerzas sociales y políticas con capacidad hegemónica, depende también de que haya una base material que lo permita.

Hasta 1991, las revoluciones que hubo en el siglo xx, después de la soviética, contaban –independientemente del mayor o menor entusiasmo que despertaran– con la retaguardia estratégica de la URSS, es decir, tenían disponible, fuera del circuito económico dominado por el imperialismo, un mercado para sus exportaciones, una fuente de aprovisionamiento de productos que les faltaran, una plataforma de tecnologías de punta a la cual poder acceder, etcétera. Y como el mundo estaba dividido por la confrontación entre la URSS y los Estados Unidos, había interés, por parte del gobierno soviético, de ampliar sus áreas de influencia. Pero, frente al hecho de que la URSS había alcanzado esa condición a partir de la opción estalinista en las décadas de 1920 y 1930, había que equilibrarse entre utilizar esa retaguardia estratégica y no perder el carácter del proceso revolucionario, dura prueba por la que pasaría la experiencia cubana.

La cuestión es: desaparecida la URSS, ¿cuál sería la actual retaguardia estratégica? Si el proceso emancipatorio se da en un país periférico, ¿habría condiciones de mantener y profundizar su rumbo revolucionario inserto en un mercado mundial dominado por el imperialismo? Ni el pensamiento revolucionario (desde Marx y Engels a mediados del siglo XIX) ni el pensamiento y la acción estratégica del imperialismo (desde 1917) han admitido tal hipótesis.

En el caso de nuestra región, sin embargo, hay una brecha que podría ser utilizada. Debido a la combinación de la existencia de amplias reservas de diversos recursos naturales con el esfuerzo de industrialización en las fases anteriores al neoliberalismo, América Latina posee el potencial regional de constituir capacidades autónomas frente a la presión del capital imperialista, pero no hay ningún país que aisladamente lo pueda hacer, por lo cual debe ser un proyecto común a varios. La integración regional es, pues, una necesidad para los propósitos emancipatorios, pero también es una posibilidad concreta, gracias al surgimiento, consolidación y crecimiento de las fuerzas antes mencionadas.

Las dificultades residen, sin embargo, en el carácter inédito de un proceso así. Hasta entonces la integración regional era enfocada y entendida dentro del área de influencia –y como parte de la influencia– de una potencia hegemónica. Incluso el proceso que resultó en la Unión Europea tiene que ser entendido como parte de la estrategia de los Estados Unidos de contención de la URSS.

Ahora bien, un proceso de integración regional sin el liderazgo de una potencia hegemónica y, peor, contra las pretensiones hegemónicas de la única actual superpotencia (los Estados Unidos) no cuenta con una doctrina que le proporcione antecedentes y consistencia programática: habrá que elaborarla sobre la marcha. Esta es la tarea dramática que se les impone a las izquierdas latinoamericanas como resultado de los éxitos cosechados en la fase anterior.

 

Agendas

Propongo el análisis de algunos aspectos como parte de las agendas:

1.  Si este es el cuarto momento histórico de la larga marcha por la emancipación indo-americana, será importante sistematizar las ideas y las lecciones de los tres esfuerzos anteriores. Eso incluirá, ciertamente, el rescate crítico de los debates propuestos por Simón Bolívar (a cuyas iniciativas los Estados Unidos respondieron con la Doctrina Monroe), José Carlos Mariátegui (en diálogo y polémica con Haya de la Torre), pensadores de la CEPAL (como Raúl Prebish, Celso Furtado, Aníbal Pinto y María C. Tavares), Ernesto Che Guevara, entre otros.

2.  ¿Cuál deberá ser la identidad política de ese amplio proceso? ¿Identidad o identidades? El nacionalismo en los países periféricos o dependientes tiene un carácter revolucionario cuando es antimperialista,3 pero cuando se orienta a disputas entre países de la periferia se hace patrioterismo de la peor especie, fácilmente manipulable por intereses imperialistas. En la región hay conflictos latentes entre países que si son dejados a esa dinámica, llevarían a la desagregación política y al fracaso de la idea de que hay alternativas a la hegemonía imperialista. Para superar ese escollo, el presidente Chávez ha propuesto el «bolivarianismo» y, de hecho, el legado de Bolívar tiene gran actualidad para las tareas de hoy. Sin embargo, hay que preguntarse –partiendo incluso de las experiencias del siglo pasado– sobre la pertinencia de la búsqueda de una sola identidad política, aunque ideológicamente amplia. Nos parece que lo más correcto será buscar la convergencia de diversas identidades, todas ellas orientadas hacia el objetivo estratégico común de una contrahegemonía ejercida por los pueblos.

3.  ¿Cuáles deben ser los contenidos de ese proceso? O sea, ¿cuál sería su «programa»? Como decíamos más arriba esto no está listo: es y será un proceso. Y si admitimos una pluralidad de identidades convergentes, debemos considerar incluso una pluralidad de programas. No obstante, hay algunas directrices que podemos afirmar desde ahora. Es lógico y comprensible que cada gobierno inicie el proceso utilizando los medios que su economía nacional tiene actualmente. Sin embargo, si se queda en eso, sería la mera reiteración del modelo actual (de dependencia y subdesarrollo) que justamente se quiere superar. Por eso, es fundamental vincular los debates sobre la superación del neoliberalismo dentro de nuestros países al proceso de integración regional. Por otro lado, nuestras economías fueron construidas históricamente para servir a las metrópolis, tienen incluso características de unidades competidoras entre sí en los mismos rubros por mercados del capitalismo central y por capitales imperialistas. Un proyecto de integración debería, entonces, significar un amplio proceso de redefinición de nuestras estructuras productivas, de las infraestructuras de transporte y comunicación, de las matrices energéticas, etcétera, para hacer de la región una unidad económica común orientada hacia las necesidades de sus pueblos. Por último, no hay entre nuestros países uno que sea capaz de liderar a los demás, porque ninguno tiene capacidades hegemónicas regionales; esto significa que en el proceso se construirá un liderazgo compartido entre varios países o no habrá proceso regional. Este último es un desafío particularmente importante y estimulante ya que el pensamiento estratégico convencional no prevé esa hipótesis: deberá ser una creación heroica de nuestros pueblos.

4.  Como señalamos antes, este proceso no comenzó ahora ni cayó del cielo. Es resultado de lentos y persistentes esfuerzos de construcción de actores políticos y sociales en nuestros países y a nivel regional. Por eso, como método, es necesario partir de lo que hemos construido en cuanto a espacios de convergencias y a capacidades de movilización. En ese sentido, el siguiente paso, definido en el Encuentro Hemisférico de Lucha contra el ALCA realizado en La Habana, Cuba, en abril de 2006, apunta para la Cumbre Social por la Integración que se efectuará en Bolivia, en diciembre de 2006. Será concomitante a la reunión de presidentes de la Comunidad Sudamericana de Naciones, que bajo el auspicio del gobierno boliviano, discutirá los rumbos de la integración regional. La Cumbre Social representa una oportunidad para avanzar en la convergencia de una pauta de propuestas para caminar hacia aquella construcción regional y para dialogar con otros actores de ese proceso (gobiernos abiertos al diálogo con los movimientos sociales, partidos políticos progresistas, entre otros).

 

Notas:

  1. José Carlos Mariátegui: «Aniversario y balance» (1928), Textos Básicos (selección, prólogo y notas de Aníbal Quijano), FCE, México, D. F., 1991, p. 125. La Revolución Cubana fermentó también otra tesis mariateguista: que el antimperialismo, para ser consecuente, debe tener una perspectiva socialista. Ver en la misma antología, «Punto de vista antimperialista» (1929), p. 203.
  2. Al momento de escribir este artículo, el gobierno de derechas del PAN en México cometía fraude en las elecciones presidenciales del 2 de julio de 2006 para evitar la victoria del candidato por la coalición de centroizquierda Por el Bien de Todos, Andrés Manuel López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática (PRD).
  3. No así el nacionalismo en los países imperialistas, donde en general es parte componente de ideologías reaccionarias.

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